viernes, 9 de diciembre de 2011

En la ONU, codo a codo...

¿Qué hacemos cuando recibimos un regalo que consideramos fuera de lugar? ¿Nos enojamos con la persona que nos lo obsequia?, ¿o decimos amablemente “muchas gracias” y lo escondemos en el fondo del placard (utilizar el término “clóset” sería más apropiado para esta situación)?
Los países, como las personas, cumplen años, celebran aniversarios, etc., y también son agasajados para sus fechas especiales. Hacia 1910, cuando nuestra patria cumplía sus primeros cien años de vida institucional, muchas naciones le hicieron “regalos”. Por lo visto, la moda era regalar monumentos, pues la mayoría encargó obras conmemorativas para la ocasión. Tal es el caso del monumento a Cristóbal Colón que fue levantado en la plaza que se encuentra detrás de la Casa Rosada, hoy anexada al edificio de gobierno nacional. Otro caso fue la "Torre Monumental", mejor conocida como "La torre de los ingleses", obsequio de la Corona británica, que fue emplazada en Retiro. Nuestra Madre Patria, España, por su parte, encargó "La Carta Magna y las cuatro regiones argentinas", conocido como “Monumento a los Españoles”, que se encuentra en la intersección de las avenidas Figueroa Alcorta y Sarmiento. En la plaza Alemania, en avenida del Libertador y Cavia, se encuentra el regalo del gobierno alemán: la “Fuente de la Riqueza Agropecuaria Argentina”. Todos ellos construidos en lugares de mucho movimiento de personas, con el fin de que sean admirados por todos.
Ahora bien, la Confederación Helvética, no quiso ser menos, y también encargó a un artista el diseño y la construcción de una obra que recuerde al mundo cuán cercanos estaban los dos países… El boceto presentado al concurso por Paul Amlehn "La poésie du tir" (por el emblemático deporte suizo) fue el ganador. En 1913, se embarcaron 76 cajas con un peso total de 56 toneladas en el vapor "Rheinfeld". Y en junio de 1914 se inauguró el monumento realizado en granito y bronce, al lado del Tiro Federal, en el Parque Tres de Febrero. Cuando el club se mudó a Núñez, la obra fue desplazada hasta su ubicación actual, en la avenida Dorrego, en el poco transitado tramo entre las avenidas Figueroa Alcorta hasta Lugones. En la actualidad, una pasarela formada por los escudos de los 26 cantones que conforman la República Suiza nos guiía hasta la obra.
El monumento en cuestión se llama “Argentina y Suiza, unidas sobre el mundo”. Y tal como su nombre indica, ambas naciones están “unidas”, pues están con las manos entrelazadas y dándose un tierno beso en la boca.
No resulta difícil imaginar el revuelo que debió haber causado tamaña desfachatez. Pero, por otro lado, cómo rechazar el regalo de uno de los países más poderosos y ricos del orbe. Pequeña encrucijada encontró la recta moral nacional con semejante regalo. No existen muchos datos fehacientes. Según el periodista Germinal Nogués ("Buenos Aires, ciudad secreta", página 630), el monumento se inauguró en 1942, con lo cual supongo que se refiere en su actual ubicación, pues la información oficial no coincide con este dato.
Pero no es el único dato que no coincide, y poco se dice sobre la obra en internet, y en catálogos oficiales. Según la placa que está en el monumento, el escultor es Paul Amlehn, mientras que para el Departamento de Monumentos y Obras de Arte de la ciudad el nombre correspondiente es Franz Sales Amlehn (también para Nogués). Para este Departamento estatal, el muchacho con arco que corona el monumento representa al amor (dato que, unido a la escultura de las chicas, no deja de ser significativo) y para la comunidad suiza representa al tiro, su deporte característico. También vale aclarar el error que hay en el monumento, que expresa que es un regalo en reconocimiento por el centenario de la independencia, y la fecha que figura en 1910.
Muchas dudas y poca información, los ingredientes ideales para crear un mito, como podría ser que Buenos Aires tuvo su monumento al amor lésbico hace casi un siglo, cien años antes de la sanción del matrimonio igualitario... Probablemente no haya sido la intención original, pero sí hay algo claro, y es que fue confinado a una zona de poco tránsito, con lo cual, es probable que la interpretación local haya sido esta misma.




domingo, 1 de mayo de 2011

El día del trabajador

La Revolución Industrial es, sin lugar a dudas, un hecho "bisagra", en el desarrollo de la humanidad, pues modificó para siempre su rumbo. A ella le debemos la aceleración de los avances económicos y tecnológicos, y también el endurecimiento de las condiciones laborales. Tangencialmente, esta última situación llevó, a su vez, a la formulación de nuevas ideas políticas, algunas de las cuales serían protagonistas durante casi todo el siglo XX (anarquismo, marxismo, comunismo, socialismo, etc.).
Por aquella época, los trabajadores dedicaban 16 horas al día a su jornada laboral. En la década de 1820, muchos obreros europeos y norteamericanos comenzaron a plantearse la injusticia que constituía esta especie de “no vida” que debían llevar. Con el paso de los años, y amparados en las nuevas corrientes políticas, y en la formación de sindicatos y uniones obreras, los trabajadores fueron concretando pequeños avances y ganando algunos derechos.
En 1868, el presidente de los EE.UU., Andrew Johnson, dictó la Ley Ingersoll, que establecía la jornada de 8 horas para los empleados de las oficinas federales y para quienes se dedicaban a las obras públicas.
En el ámbito privado, la ley no hizo mella. En 1884, más de una década y media más tarde, la American Federation of Labor dictaminó la obligación de llevar a 8 horas la jornada de trabajo.
Como la decisión no fue acatada por patrones y empresarios, en 1886 los trabajadores llamaron a una huelga general por tiempo indeterminado, y fijaron como fecha de inicio el 1 de mayo. La orden del día era precisa: “¡A partir de hoy, ningún obrero debe trabajar más de 8 horas por día! ¡8 horas de trabajo! ¡8 horas de reposo! ¡8 horas de recreación!”. Se declararon, pues, 5.000 huelgas, y 340.000 obreros dejaron las fábricas, ganaron las calles para expresar sus demandas.
Al cuarto día de huelga, mientras se llevaba a cabo un acto en Chicago, estalló un explosivo, y la policía -que se hallaba en estado de alerta por el accionar de los anarquistas- emprendió una brutal represión. Se produjo un enfrentamiento que terminó con un saldo de 38 obreros y 6 policías muertos. La autoridad comenzó una “investigación”, para la cual realizó razzias e interrogatorios bajo tortura.
El procedimiento terminó con el arresto de los dirigentes socialistas y anarquistas August Spies, Albert Parsons, Adolf Fischer, George Engel, Louis Lingg, Samuel Fielden, Michael Schwab y Oscar W. Neebe, a quienes se acusaba por “conspiración de homicidio” (debido a la muerte del policía Mathias Degan, alcanzado por la bomba), entre otros cargos.
A pesar de que el tribunal no logró probar nada en su contra, el 11 de noviembre de 1887 -un año y medio después de la gran huelga por las 8 horas-, Spies, Parsons, Fischer y Engel fueron ahorcados en la cárcel de Chicago. Otro de ellos, Lingg, se había suicidado el día anterior.
La pena de Fielden y Schwab fue conmutada por la de cadena perpetua, y Neebe fue condenado a quince años de trabajos forzados.
Cuando Spies, Parsons, Fischer y Engel fueron colgados, la indignación popular no pudo contenerse, y se produjeron manifestaciones en las principales ciudades del mundo. Fue en ese momento que se estableció al 1 de mayo como el “Día Internacional de los Trabajadores”, conmemorando exactamente el inicio de la huelga por las 8 horas de jornada laboral, y no su trágico desenlace.
En nuestro país, recién el 12 de septiembre de 1929 se sanciona la ley 11.544, que fija la jornada laboral para trabajadores "por cuenta ajena en explotaciones públicas y privadas" en 8 horas (o 48 semanales). La norma no incluía, casualmente, a quienes realizaban trabajos "agrícolas, ganaderos o de servicio doméstico", algo que tal vez no debería sorprender si se tiene en cuenta que hablamos de una Argentina agroexportadora, donde la fuerza económica residía en el campo y eran quienes más empleados domésticos tenían.
El trabajador agrario tuvo que esperar hasta el 8 de octubre de 1944, para que el gobierno de Edelmiro Farrell (a instancias del secretario de Trabajo y Previsión Social, coronel Juan Perón) firmara el decreto ley 28.160/44, conocido como el "Estatuto del Peón". Mientras que los empleados domésticos debieron esperar hasta que en el gobierno de Pedro Aramburu se firmara su estatuto laboral (decreto ley 326/56).
Afortunadamente, a lo largo del siglo pasado, los trabajadores no sólo alcanzaron el reconocimiento como tales, sino que además fueron obteniendo nuevas conquistas, como el descanso dominical, el derecho a una indemnización en caso de despido, etcétera.
Sin embargo, aún hoy, en pleno siglo XXI, en la Argentina (paraíso de los sindicalistas ricos y los trabajadores pobres) hay quienes desarrollan labores en condiciones de esclavitud, denigrantes para la condición humana, e imposibles de soportar en un país desarrollado, tal como sucedía hace doscientos años. Hemos recorrido un largo camino, falta mucho más por recorrer... 
Antonio Berni, "Pan y trabajo"

sábado, 2 de abril de 2011

El "Doríforo" en Buenos Aires... una oportunidad imperdible

Así como el Ave Fénix, el "Doríforo" ha resurgido también de las cenizas, aunque no de las propias, sino de las del Vesubio, y hoy en día está entre nosotros... La República de Italia cumple 150 años de vida (unificada), y como parte de los festejos, envió un embajador ilustre al país. Se trata de la copia en mármol del "Doríforo" (realizada originalmente en bronce por Policleto, en el siglo V antes de Cristo).
Esta obra de arte fue encontrada en las excavaciones que se realizaron en donde se situaba la ciudad de Pompeya (que sucumbiera bajo la lava y las cenizas del Vesubio en agosto del año 79 de nuestra era). El hallazgo data de 1797, y se llevó a cabo en las ruinas del gimnasio "Palestra Sannitica". Primero se encontró el tronco, y cuatro meses más tarde, cuando todo hacía suponer que no pasaría de ser un pedazo de estatua de los que abundan de aquella época, se hallaron las extremidades. No tuvieron la misma suerte los elementos que portaba, y que aún hoy continúan siendo motivo de estudio e investigación.
Hacia 1800, se unieron las partes con polvo de mármol, y se agregaron pivotes para evitar nuevas roturas (por ejemplo, el que une el brazo derecho al cuerpo). Estas junturas, cicatrices de un cuerpo con historia, son observables a simple vista, y no le quitan belleza a la pieza.
Policleto realizó a su guerrero siguiendo lo que él consideraba el ideal de belleza en cuanto a la simetría del cuerpo humano. Y esta obra fue tomada como modelo de la "proporción humana". La cabeza, por caso, mide exactamente la séptima parte de la altura, y el rostro está dividido en tres partes iguales: la frente, la nariz y la distancia entre ésta y el mentón miden lo mismo.
Si bien los críticos de arte aluden que la estructura de la pieza es arcaica, pues se basan en los pectorales planos y la exageración de los músculos de la cadera, hay que reconocer que Policleto supo imprimirle movimiento a su obra, a la que le otorgó una posición quiástica (es decir, con forma de "X"). El guerrero apoya su peso en la pierna derecha y sostiene algo (por mucho tiempo se pensó que una lanza, de ahí su nombre -doríforo significa "portador de lanza"-) con la mano izquierda, por lo que la musculatura de estos dos miembros se muestra tensionada. Por otra parte, la pierna izquierda y el brazo derecho se encuentran aparentemente relajados (la pierna se está moviendo hacia adelante, y en el brazo se observa que tiene los bíceps contraídos, por lo que se supone que también estaría cargando algo). Además, como para terminar de romper con la posición estática con que se esculpía, hizo girar levemente hacia la derecha la cabeza al joven guerrero.
Decíamos que antes se suponía que portaba una lanza, y por eso se bautizó a la pieza con el nombre "doríforo", sin embargo, la posición de los dedos de la mano izquierda (y del brazo en general) hace suponer que, en realidad, lo que sostenía era un escudo, mientras que en la mano derecha bien podría estar portando el mango de una espada. Tampoco se sabe a quién representa, si es que tuviera que representar a alguien. Por mucho tiempo se dijo que era el dios Apolo o el héroe Aquiles. La directora del Museo Arqueológico Nacional de Nápoles, Valeria Sampaolo, desliza hoy en día que "se ha constatado que los atributos recién reconocidos [el escudo y la espada] pueden muy bien compaginar con Teseo, héroe ateniense vinculado a la formación civil y militar de los jóvenes griegos". 
Personalmente, me resultó llamativo que esta escultura presente en la espalda dos agujeros que no fueron rellenados por polvo de mármol. Se supone que estas marcas se deben a que la estatua se hallaba sobre un pilar irregular que no garantizaba su estabilidad, y por lo tanto se la unió a algún muro desde esos lugares para evitar que se cayera. También, me llamó la atención el realismo en la representación de las venas de los brazos, algo que sin duda debe haber sido complicado de tallar en mármol, y mucho más a pricipios del siglo I (circa años 14/37 a.C.)...
El "Doríforo" está realizado en mármol lunense, mide 2,135 cm de alto, y pesa 750 kilos.
Esta obra de arte se exhibe desde el 1 de abril hasta el 30 de junio de 2011, en el hall de las escaleras del Museo Nacional de Bellas Artes (Avenida del Libertador 1473), con entrada libre y gratuita. Sin lugar a dudas, una ocasión excepcional para acercarse a los orígenes del arte clásico, sin tener que viajar a Europa.

domingo, 6 de marzo de 2011

Carnaval toda la vida...

Resulta difícil rastrear el origen de la festividad del Carnaval, pues se disfraza con diferentes máscaras, que ocultan su verdadero nacimiento. Así, pues, encontramos que surge como una celebración ofrecida al dios romano Baco, o como las fiestas Saturnales (en honor del dios Saturno), o las Lupercales (que honraban al Fauno Luperco), o incluso, también como una ceremonia al dios egipcio Apis.
Estas fiestas fueron apagándose a medida que las religiones paganas iban debilitándose en tanto el cristianismo iba ganando adeptos. Tal como sucedió con la Navidad, la nueva religión tomó ritos y celebraciones de los paganos, como una estrategia para acercarlos a sus filas. Ya en la Edad Media, tan adepta a las abstinencias para limpiar el alma, el Carnaval comienza a representar la despedida de la vida licenciosa, antes de la Cuaresma.
La festividad ha tenido sus altibajos a lo largo de su vida, muchas veces ligados al poder de turno, que en busca de orden o por miedo al "vale todo", ponía límites a la celebración. Es así que, por ejemplo, el rey Carlos I de España prohibió en 1523 los disfraces y máscaras para la celebración, camino que años más tarde sería desandado por Felipe IV.
El Carnaval llega a América Latina, obviamente, de la mano de los conquistadores. Si bien en todos los pueblos y ciudades se festeja, en algunos lugares tuvo un auge digno de admiración y ha sabido convertirse en emblema de la ciudad que lo alberga. Sin lugar a dudas, hablar de Carnaval es hablar de la brasileña Rio de Janeiro. En la Argentina, Gualeguaychú y Corrientes han sabido hacer lo propio, muy dignamente a pesar de las diferencias (económicas, de dimensiones, etc.).
Decía más arriba que el poder siempre miró con recelo al Carnaval. Tal vez el hecho de que mucha gente reunida en las calles, que esconde su rostro y se da el lujo de ser "libre", supo poner a los gobernantes a la defensiva.
En 1778, el virrey Ceballos prohibía por "escandalosas" y desenfrenadas estas fiestas. Rosas hizo lo propio hacia 1844, cuando su poder comenzaba a ser discutido por la población. Reanudado, con don Juan Manuel en el exilio, el Carnaval supo tener prohibiciones parciales, como la que fue casi cuestión de Estado cuando un grupo de jóvenes intentó en 1872 representar en una comparsa la "Expedición al Desierto", algo que -lógicamente- sería impedido.
La luz eléctrica en las calles sumó atractivo a la celebración, y ya comienzos del siglo XX, el Carnaval (más reglamentado y ordenado) adquiere nuevos aires en la Capital Federal. Los corsos y bailes se vuelven relevantes. Las grandes tiendas comienzan a vender disfraces, y se organizan concursos. El tango mismo utilizó la puerta del Carnaval para legitimarse en la clase media. Los teatros levantaban sus butacas y organizaban bailes en sus salones, con la orquesta sobre el escenario (los más famosos fueron los realizados en el Ópera, el Politeama, el Marconi y el Smart -actual Blanca Podestá-. Hasta el Teatro Colón se sumó en 1936 a la organización de un elegante baile de disfraces.

La Avenida de Mayo ornamentada para festejar el Carnaval.
En la década del '30, los corsos se mudan de sus habituales escenarios (el de la Avenida de Mayo fue el más destacado) hacia los barrios, y naces agrupaciones distintivas de los lugares que los albergaban. Surgen así las murgas como: Los Criticones de Villa Urquiza, Los Eléctricos de Villa Devoto, Los Amantes de La Boca, Los Cometas de Boedo, etcétera.  Con el paso del tiempo, el brillo del festejo en la calle iría disminuyendo. En realidad, los clubes barriales tomaban la posta en la organización de estos festejos. Se destacan, entre otros, los bailes del Club Comunicaciones, del Centro Asturiano de Vicente López, del Club Boca Jurniors. El éxito de estas veladas era medido en recaudación, y es por eso que los organizadores no reparaban en gastos a la hora de convocar estrellas.
La realidad política atacaría otra vez, en 1976, el festejo del Carnaval. El poder de facto encabezado por Videla dictó el decreto-ley 21.329, por el cual se establecía la desaparición del Carnaval del calendario oficial. La eliminación del feriado atentó contra la celebración, que fue perdiendo el poco brillo que le quedaba... hasta hoy, que por primera vez en 35 años se vuelve a festejar oficialmente.

Los Cometas de Boedo.  
Es imposible saber qué futuro le depara al festejo del Carnaval. Tal vez sea un nuevo vaivén de los tantos que tuvo a lo largo de su historia, o quizás sea el renacer de una fiesta que irá adquiriendo brillo y color con el paso de los años hasta transformarse en un polo económico y turístico como el de Rio de Janeiro o Venecia... lo único cierto, es que es que estos "cuatro días locos" son, al menos este año, una reivindicación más ante los atropellos que el poder político supo ejercer sobre las libertades individuales. Sin lugar a dudas, una buena razón para festejar.  

domingo, 13 de febrero de 2011

Pide un deseo, pero piénsalo con cuidado...

Una de las primeras cosas que aprendemos los seres humanos es a hacer realidad nuestros deseos. Al principio, probablemente, desde los caprichos; luego evolucionamos, y aprendemos a trabajar por ellos, los buscamos desde un lugar más activo, nos movilizamos para lograrlos. Los cuentos que nos relataban nuestras abuelas nos enseñan que es posible "desear" y que un genio nos cumpla nuestros pedidos sin más esfuerzo que esperar unos instantes, sin necesidad de preocuparnos por el resultado, pues está claro que será feliz.
Al crecer, nos damos cuenta de que el asunto de anhelar es mucho más complejo de lo que pensábamos, y que el final feliz no siempre se da, pues comienzan a jugar una serie de factores que en nuestra cabeza infantil no existían. A pesar de que ese genio que resolvía a nuestros caprichos (como nuestros padres responden a nuestro llanto para saciar un deseo) no es real, es factible cumplir nuestros deseos, aunque recurrir a métodos "mágicos" puede hacernos pagar un alto impuesto por evitar la espera y el esfuerzo para obtener nuestros propios resultados.
Los deseos son ínsitos al hombre, el problema es que en toda su historia, éste no ha aprendido a llevarlos a cabo sin ambición y con inteligencia. Ya en la Antigüedad, Ovidio nos cuenta en el mito de Eneas la historia de una antigua sibila, a quien Febo intenta seducir; ante la negativa de la mujer, el dios sol utiliza una última táctica y le ofrece hacerle realidad un deseo. La doncella, mientras alza un puñado de arena le pide a Febo vivir tantos años como granos de arena encierra en sus manos, al tiempo que le reitera su negativa de renunciar a su castidad. Ya sabemos que los dioses griegos son amantes de los castigos como moralejas, Febo le cumple el deseo, le otorga la longevidad, pero no la juventud para acompañar la petición. "Ya me ha vuelto la espalda la edad feliz y ha llegado con paso trémulo la débil vejez, que todavía he de soportar durante largo tiempo [...]. Llegará un día en que tan larga sucesión de días reducirá mi altura, y mis miembros, consumidos por la vejez, serán reducidos a un peso pequeñísimo; y no parecerá que fui amada y agradé a un dios", se lamenta la pitonisa. Más allá de que suena descabellado aceptar un ofrecimiento como ése sin pensar en dar nada a cambio, y mucho más si quien lo ofrece es un dios... ¿acaso a alguno de nosotros se nos hubiera ocurrido pensar en ese detalle de la juventud sin fin?
La literatura, por su parte, también se hace eco del tema y nos avisa que, ante la posibilidad de solicitar una gracia, lo hagamos con cuidado, sabiendo que eso que pedimos responde a una cadena de acciones, y que por lo tanto tendrá una reacción.
El escritor y humorista inglés W. W. Jacobs nos acerca "La pata del mono", un relato en el que nos alerta sobre esta situación, y nos deja entrever que en la vida todo tiene un costo. Así, por ejemplo, la simple solicitud de una suma de dinero para pagar una hipoteca, que le es concedida al personaje del relato por el amuleto oriundo de la India, llega como una indemnización por la muerte del hijo del solicitante...
En el conjunto de deseos más peligrosos se encuentran los que surgen de nuestras entrañas en momentos de enojo. Si no somos capaces de pensar con frialdad un deseo en estado de tranquilidad, cuánto menos en medio de un arrebato, justo en momentos en que nuestros deseos se vuelven básicos, hasta salvajes. El psicoanalista Bruno Bettelheim explica que "muchos cuentos describen el resultado trágico de los deseos temerarios, que uno tiene porque anhela algo con exceso o porque no puede esperar a que las cosas se produzcan a su debido tiempo. Ambos estados mentales son típicos del niño". Y cita dos cuentos de los hermanos Grimm que sirven de ejemplo: "Hans, mi pequeño erizo" (en el que, frustrado por no poder tener un hijo debido a la infertilidad de su mujer, un hombre exclama que desea tener un descendiente aunque fuese un erizo... bien, no hace falta pensar mucho para darse cuenta que la mujer queda embarazada, y cómo siguió la historia) y "Los siete cuervos" (un hombre enojado con "la vida" porque tuvo una niña en lugar de otro varón, manda a sus hijos a buscar agua para bautizar al nuevo miembro de la familia, y ante la tardanza de éstos exclama "desearía que mis hijos fueran cuervos"... para qué seguir explicando cómo continúa el relato). Sin embargo, a diferencia de la historia de Jacobs, los cuentos referenciados brindan la posibilidad de redención y final feliz. En el primero, el erizo ayuda al rey cuando éste se pierde en el bosque, y como recompensa, el soberano le ofrece la mano de su hija (¿en qué estaría pensando este hombre?), quien cumple el mandato paterno y se casa con el animal... pero como el amor es más fuerte, una vez que sucede esto, el erizo logra transformarse en ser humano. En el segundo relato, la niña (causa "inocente" de la suerte de sus hermanos) viaja al "fin del mundo" y hace un enorme sacrificio que permite a sus hermanos recobrar sus cuerpos antropomorfos, y todos viven felices por siempre.
Cumplir los deseos no es tarea sencilla, y buscar atajos para hacerlo puede resultar peligroso. Por lo pronto, tengamos en claro que nuestros deseos no se cumplen por arte de magia, y que todo forma parte de una gran cadena de acontecimientos. Ya lo dice la conocida frase: "Ten cuidado con lo que deseas, porque puede volverse realidad"...

sábado, 15 de enero de 2011

La balsa de la Medusa


Si hablamos de naufragios, sin duda, el más promocionado fue el que sufriera la nave inglesa Titanic en 1912. Y si nos referimos a accidentes en los que los sobrevivientes debieron recurrir al canibalismo para no morir, la tragedia de los Andes, en 1972, será el hecho que vendrá a nuestra memoria.
Estos sucesos permanecen cercanos a nosotros gracias al cine, no obstante, hubo un hecho que reunió ambas características y que, tal vez por lo lejano en el tiempo, no conocemos, aunque en su momento también tuvo su representación artística.
Sucede que a principios de julio de 1816 (cuando en estas tierras se preparaba la declaración de independencia) la fragata francesa Méduse encalló a pocos kilómetros de la actual Mauritania, cuando iba a tomar posesión de la colonia de Senegal. El accidente se produjo en medio de una tormenta, cuando la nave gala se separó del grupo de barcos que se dirigía hacia África, por impericia de su capitán, el vizconde Huges Duroy de Chaumereys. Luego de intentar infructuosamente recuperar la nave, los tripulantes decidieron construir una balsa, dado que los botes no alcanzaban para las 400 personas que estaban a bordo. Los aristócratas se subieron a las chalupas, y el resto de los pasajeros, a la balsa construida con maderos de la fragata. La idea era que los botes remolcaran a la balsa, y así lograr acercarse a la costa.
Pero es sabido que el hombre propone y dios dispone, y por alguna razón que no se ha podido determinar, todas las sogas que unían a los botes con la balsa se cortaron, quedando la improvisada embarcación navegando al garete.
A partir de allí, quienes iban sobre la balsa (que medía 20 metros de largo por 7 de ancho), comenzaron una odisea de supervivencia que cualquier productor televisivo de nuestros días filmaría con sumo placer. Peleas, suicidios, un motín, el asesinato de los más débiles, el hambre y la condición humana cruzando sin tapujos los límites de la civilización, fueron los condimentos de una travesía que duró aproximadamente 13 días. Quienes lograron sobrevivir tuvieron que acceder a alimentarse con los restos de los muertos.
El 17 de julio de 1816, la nave Argus se topa por casualidad con la balsa, y rescata a los sobrevivientes, quienes al llegar a París relatan lo sucedido, desatando un escándalo político de grandes dimensiones, pues el capitán del navío había sido designado, según se supo al investigar lo sucedido, por favoritismo político, y no por idoneidad.
Obnubilado por las dimensiones que tomaba el caso, y dispuesto a hacerse famoso por su obra, un joven pintor llamado Théodore Géricault decidió plasmar en el lienzo una representación del hecho. Para realizar el cuadro (de 4,91 por 7,16 metros), el artista dibujó muchos bocetos, inspirados en sus numerosas visitas a la morgue y al hospital. Ocho meses después, Géricault, de 27 años, terminaba la gigantesca obra que le abriría las puertas del gran mundo del arte, y lo convertiría en uno de los referentes del movimiento romántico. "Le radeau de la Méduse" fue exhibido en el Museo del Louvre, exponiendo a la vista de todos el panorama sombrío y caótico (que se refleja en los tonos y el desorden de la escena) por el que tuvieron que pasar los 15 sobrevivientes de la tragedia. No obstante, Géricault decidió hacer hincapié en el preciso momento en que la desesperación se torna esperanza, cuando los náufragos divisan a lo lejos al Argus.
A pesar de que el trabajo tuvo mucho éxito, el artista quedó excluido de los encargos oficiales debido a que la monarquía tomó a la obra de arte como un ataque. El joven pintor fue acusado de instigar a la sublevación popular contra el poder. Fue así que Géricault decidió llevar su obra a Londres.
Théodore Géricault murió a los 32 años, víctima de una enfermedad. Luego de su deceso, el gobierno francés compró la obra, que hoy está expuesta en el Salón de 1819 del Museo del Louvre. 

Jean-Luis André Théodore Géricault (1791-1824)