martes, 17 de febrero de 2015

Primera prohibición del Carnaval en el Virreinato del Río de la Plata

Estamos finalizando las festividades de Carnaval de 2015, y sirve la ocasión para recordar un hecho histórico que hace a esta celebración. Ya hemos hecho referencia a las idas y vueltas que ha tenido esta fiesta en "Carnaval toda la vida" (6 de marzo de 2011). Ahora nos remontaremos a 1778, cuando el virrey Pedro de Ceballos (el primero del Virreinato del Río de la Plata) dictaba un bando por el cual prohibía el Carnaval "en vista de los excesos que se cometen en estas fiestas".
Resulta que el alcalde de primer voto Judas José de Salas solicitó al virrey el 25 de febrero de 1778 la prohibición de las festividades por hacer "fastidiosa la habitación" de la Ciudad, debido a que durante su desarrollo "se apura la Grosería de echarse agua y afrecho y aun muchas inmundicias, unos a los otros, sin distinción de estados ni sexos, llegando al desenfreno, que ni aun en su propia casa se está el más recogido, ni la señora más honesta a cubierto de un insulto porque suelen introducirse cuadrillas de hombres y mujeres disfrazadas, y muy proveídos de huevos y otras menudencias arrojadizas..."(1).
Pero se ve que no quedaba sólo en ensuciar o insultar a la gente, sino que Salas da cuenta de que esos asaltos a las casas tenían otras consecuencias más graves: "...estas cuadrillas roban y rompen los muebles, después de dejar muy mal trazadas y tal vez heridas a las personas de los dueños".
Es así, pues, que el 28 de febrero, el Virrey firma el bando por el cual prohíbe "los dichos juegos de Carnestolendas, encargando su celo a todas las Justicias, Cabos Militares, y Patrullas, y a quien contraviniere a este mandato se le castigará a mi arbitrio y como corresponda".
Acompaña al documento un texto el secretario Joseph Zenzano, que establece que "con voz de pregonero hice publicar el bando antecedente en los parajes públicos, y fijé copia en las puertas del Ilustre Cabildo...

Virrey Ceballos (imagen Wikipedia).
(1) Documentos para la historia del virreinato del Río de la Plata, 1912, tomo I, pág. 229.

sábado, 7 de febrero de 2015

Historia de traiciones en las Islas Malvinas

Ubicación geográfica de la Isla Nueva.
Sabemos que el territorio que conocemos como "Islas Malvinas" es un archipiélago compuesto por más de doscientas islas e islotes, aunque destacan solamente las de superficie más grandes (Soledad y Gran Malvina). Lo que tal vez desconozcamos son las historias mínimas que transcurren en ellas desde que fueron descubiertas por el hombre. Una de ellas, de la que nos haremos eco en esta ocasión, nos remonta a la segunda década del siglo XIX, y bien podría ser el argumento de un cuento de aventuras. De hecho, Federico Lacroix, quien la relata en su Historia de la Patagonia, Tierra del Fuego e Islas Malvinas(*), la compara con el famoso relato de Daniel de Foe, Robinson Crusoe.
El escenario de este relato no es Juan Fernández, sino un islote al oeste de Gran Malvina, llamado "Isla Nueva", al cual Lacroix le quita toda importancia para su libro, de no ser por esta historia de traiciones.
"La Isla Nueva no merecería que hiciésemos de ella especial mención, si no hubiera sido el teatro de una aventura muy dramática que no debemos pasar en silencio.
Digamos desde luego, para dar una idea del lugar de la escena, que esta isla es montañosa en extremo y que su parte occidental ofrece una cadena, serie de horrorosos precipicios; en cuyo fondo bulle a veces el mar con un ruido espantoso. Un muro impenetrable de peñascos que eleva quinientos cincuenta pies sobre las olas, y cuyo aspecto sombrío infunde un terror inexplicable en el alma del espectador. Cuando el viento de oeste sopla con violencia, las olas furiosas se estrellan contra esta mole gigantesca envolviendo su base con una nube espesa de vapor mezclada de espuma."
Ubicados ya en la geografía del lugar, comienza Lacroix con el relato de su historia: "A principios de 1814, el capitán Barnard, de la marina de los Estados Unidos, se vio forzado a tocar en New Island[**], durante un viaje emprendido para completar un cargamento de pieles finas. Así como se disponía a dejar esta soledad, encontró en la costa meridional la tripulación de un navío inglés que naufragó, y que se componía de treinta personas, entre las cuales había algunos pasajeros [que] andaban errantes por aquellas playas, poseídos de la desesperación. El buque americano era muy chico, y los náufragos, muchos; pero la humanidad alzó su imperiosa voz, y Barnard no titubeó en recoger a los ingleses.
El primer impulso de estos desgraciados al ver la generosidad del capitán americano, fue el de un vivo agradecimiento; pero esta impresión fue poco a poco cediendo a una idea enteramente contraria. Los Estados Unidos de América se hallaban en guerra entonces con la Gran Bretaña, y esta circunstancia les sugirió un pensamiento sumamente injurioso para el honrado Bernard [sic] . Éste les había prometido bajo su palabra de honor, dejarles en un puerto brasileño cuando regresara a su patria. Pero esta promesa no les tranquilizaba; imagináronse que el capitán tenía el odioso proyecto de traficar con su libertad y entregarles por una recompensa al gobierno de los Estados Unidos."
Mientras tanto, los preparativos para partir seguían su curso, y esto incluía hacerse de las provisiones necesarias para tanta gente. "Un día, después de haber andado errante mucho tiempo con cuatro marineros, regresaba cargado de la caza [...]; ya estaba cerca de la playa e iba a embarcarse en la lancha, cuando echó de ver que había desaparecido el buque. Atribuyó la causa a la niebla que se había levantado durante su ausencia, pero por más que llamaba, nadie respondía, decidióse entonces a ir remando hacia donde había dejado anclado el buque, y llegado al lugar acabó de convencerse de que había desaparecido. Los ingleses habían cortado efectivamente el cable y tomado el rumbo de Río de Janeiro, abandonando sin piedad a su libertador y a cuatro marineros más en aquellas regiones inhospitalarias".
Ubicación geográfica de la Isla Nueva (detalle).
Una vez repuestos de la sorpresa y la indignación, no les quedó más remedio que intentar amigarse con el lugar, e intentar establecerse en esta colonia improvisada a la que habían sido obligados. "[...] Los huevos de albatros y algunos mariscos que recogieron en la orilla del mar, les facilitó por unos días alimento abundante. Luego enseñaron a un perro, que por casualidad habían llevado consigo, a cazar los cerdos, cuya carne les fue de mucha utilidad. Plantaron también algunas patatas, que habían sacado del barco para almorzar el día de la infausta cacería, y al año siguiente recogieron suficiente para hacer provisión de invierno. La piel de las focas que mataron con las pocas municiones que tenían les sirvió de vestidos. En fin, lograron construir una casita de piedra bastante sólida para resistir a la violencia de los huracanes, tan frecuentes en aquellos parajes...".
Según cuenta Lacroix, lo que más padeció este capitán fue que, sin barco que capitanear y ante una situación crítica como la que estaban pasando, los cuatro marineros le habían perdido el respeto y no consideraban que debieran continuar subordinados a su autoridad. De hecho, penurias de  Barnard finalizaron con la traición de los ingleses, sino que tuvo que hacer frente a otra crisis más, al darse cuenta que un día sus cuatro acompañantes forzosos decidieron no volver luego de un día de caza.
"[...] Al amanecer dirigióse con un siniestro presentimiento al sitio donde estaba amarrada la lancha, pero ésta había desaparecido. Conoció entonces que aquellos miserables se habían fugado, dejándole abandonado a su suerte. El dolor que experimentó fue inexplicable [...]. El capitán entró desanimado a su cabaña. Sin embargo, al día siguiente volvió a sus tareas cotidianas como si estuviese con sus compañeros, trabajando sin interrupción para no entregarse a la desesperación, dominando así su espíritu con el uso excesivo sus fuerzas físicas."
Al parecer, el doblemente abandonado Barnard no perdía las esperanzas, y subía un par de veces al día a una montaña que, por su ubicación, era un excelente mirador natural, allí pasaba el tiempo "interrogando al horizonte y quedándose estático cuando veía un punto negro que tenía la apariencia de un buque".
"Ya habían transcurrido muchos meses desde la huida de los marineros, cuando un día que Barnard se hallaba sentado a la puerta de su cabaña, vio unos bultos parecidos a hombres que se dirigían hacía él. No se engañó, pues eran los cuatro fugitivos que, no habiendo podido pasar más adelante de las islas vecinas, e incapaces de poder adquirir la subsistencia, venían a implorar el perdón de su superior y vivir con él. Este día fue de fiesta en New Island; celebróse la llegada de los marineros y cada cual olvidó por un momento sus sombrías ideas y su presente situación."
Sin embargo, relata Lacroix que uno de los cuatro marineros (tal vez culpando internamente al capitán) ideó asesinar a Barnard. Los otros tres hombres decidieron dar por aprendida la lección que la vida parecía hacerles vivir, y no sólo no se plegaron a este motín en tierra, sino que denunciaron al insurrecto a su otrora superior al mando. El díscolo fue expulsado, pero al cabo de tres semanas "juzgó el capitán que estaba suficientemente castigado y le permitió volver a sentarse con ellos al hogar. Desde entonces reinó entre los cinco la mayor armonía, y el bien general fue consiguiente a esta paz tardía".
El narrador de esta historia comienza en este punto a contar una convivencia tranquila gobernada por la aceptación y cierto buen ánimo, a pesar de que "la nostalgia minaba sordamente la existencia de estos hombres, víctimas de la traición más horrorosa". Para continuar relatando que, cuando parecía toda esperanza perdida, las cosas volverían a tomar otra dirección. "Quizás su estrella les destinaba a sucumbir bajo el peso de la cruel agonía que les devoraba, cuando en 10 de diciembre de 1815, una vela lejana les anunció el fin de su cautiverio...".
Cierra Lacroix su historia con una paradoja, tal vez como para no ser acusado de cargar las tintas contra los ingleses, a pesar de que su relato así lo deja entrever. Cuenta que "quiso la casualidad que este mismo Barnard vendido por unos ingleses, debiese su libertad a otros de la misma nación, porque el bajel que los recibió a su bordo había salido de un puerto de la Gran Bretaña".
Hasta aquí, la historia de Lacroix, que tal vez a causa de la traducción al castellano, o tal vez por querer componer un relato más literario que histórico, presenta algunos huecos (como nombres y fechas, que harían comprobable lo narrado). No obstante, existen registros de esta historia, uno de ellos es el que relata Sergio Esteban Caviglia(***). "El bergantín Nanina, a mando del capitán Valentine Barnard[****], de Hudson, zarpó de Nueva York el 4 de abril de 1812, hacia las Islas Malvinas en un viaje de caza de ballenas y lobos. Arriban a las islas, y en abril de 1813 se encuentran con los náufragos del bergantín inglés Isabella. [...] El capitán Barnard recibe a los oficiales, tripulantes y pasajeros a bordo de su buque, y fueron traicionados y abandonados en una isla. Recién fueron rescatados en noviembre de 1814".
El texto de Caviglia nos permite saber, más allá de las diferencias con Lacroix, que los protagonistas de esta historia de traiciones son reales, y que no se trata de un intento de emulación del famoso relato de De Foe, o una mera historia folclórica de marinos, aunque esto último no le hubiera quitado interés al relato.

(*) Lacroix, Federico, Historia de la Patagonia, Tierra del Fuego e Islas Malvinas, Imprenta del Liberal Barcelonés, Barcelona, España, 1841.
(**) Si bien Lacroix al comienzo utiliza "Isla Nueva", luego decide volcarse por "New Island", probablemente porque al momento de edición del libro, las Malvinas ya habían sido invadidas por los ingleses (1833).
(***) Caviglia, Sergio Esteban, Malvinas. Soberanía, Memoria y Justicia, 10 de junio de 1829, Ministerio de Educación de la Provincia del Chubut, Rawson, Chubut, 2012.
[****] Cabe aclarar que si bien el autor lo llama "Valentine", más adelante cita un libro denominado Una narración de los sufrimientos y aventuras del Cap. Charles H. Barnard.

sábado, 22 de noviembre de 2014

Buenos Aires, un nombre con historia

Imagen de Nuestra Señora de Bonaria, en Plaza Cerdeña, Buenos Aires
Si preguntáramos de dónde viene el nombre “Buenos Aires”, muchos dirían que deriva de una virgen, “Nuestra Señora de los Buenos Ayres”, pero si extendiésemos la consulta al origen de esta virgen, pocos serían capaces de responder correctamente.
Hilando fino, podríamos decir que la historia del nombre de la ciudad se remonta a mucho antes de que se fundara, y que en ella participan (tal vez tangencialmente) Aragón, Cagliari y muchos actores anónimos que de una u otra forma participaron en esta cadena de sucesos que desembocaron en que hoy en día Buenos Aires se llame de este modo.
La mejor manera de explicar toda la historia es desandar en el tiempo hasta donde se ubica (al menos según mi parecer) el origen de esta historia.
Comencemos este viaje en 1323, año en que el rey Jaime II de Aragón desembarca al sur de la isla de Cerdeña. Desde allí inicia la conquista de Cerdeña y de Córcega, las cuales terminaron anexadas al reino aragonés. Como forma de agradecimiento a Dios por tal empresa, Jaime II (el Justo) construye un templo en una de las colinas cercanas a Cagliari, lugar del primer desembarco. Este monte fue conocido como “Buen Ayre” (Bonaria) debido a que, por su altura, lograba escapar al “esmog” que producían los fuegos que se encendían en la ciudad. Dicha iglesia fue donada a la Orden de la Merced, institución religiosa que había sido creada en 1218 por el fraile barcelonés Pedro Nolasco (luego santo), con el fin de lograr la redención de los cristianos cautivos por los musulmanes que ocupaban la Península Ibérica.
Hasta aquí, el inicio de la historia… pero como no podía ser de otra manera, el ingrediente milagroso tenía que estar presente. Es así que cuentan que durante marzo de 1370, una feroz tormenta sorprende a un buque catalán que transportaba mercancías hacia Italia. Como cada vez el panorama se ponía más y más oscuro, los marinos decidieron deshacerse de la carga, creyendo que de esta manera tendrían menos posibilidades de naufragar. Poco a poco lanzaron por la borda el cargamento, mientras el temporal y el mar azotaban sin piedad la frágil embarcación. Cuando casi no quedaban más cosas por arrojar, le tocó el turno a una pesada caja de madera arrumbada en un rincón. Un par de marinos la alzaron y, sin más, la mandaron al agua enfurecida, cual ofrenda a Poseidón. Fue en el mismísimo instante que la caja toma contacto con el mar que la tormenta comenzó a amainar rápidamente. Recompuesta del susto, la tripulación observó que aquella caja no había seguido la suerte del resto, que había sido devorado por el Mediterráneo, y continuaba a flote. Decidieron, pues, rescatarla y llevarla a puerto como estaba programado. Sin embargo, la embarcación no pudo alcanzar la caja, que cual guía experimentada, “navegaba” delante del navío, hasta llegar a las playas de Cagliari. Una vez en tierra, los marinos catalanes intentaron abrirla, intrigados por su contenido. Cuentan que les fue imposible, y que un pequeño del lugar propuso que le pidieran ayuda a los padres mercedarios que habitaban cerca de allí. Así lo hicieron, y fueron los sacerdotes quienes lograron rescatar del interior de la caja una imagen de la Virgen de la Candelaria. Sorprendidos por el “milagro” nadie se opuso a que aquella imagen que tenía en su brazo izquierdo al niño Jesús coronado y en su mano derecha un enorme cirio encendido, se quedara en Cerdeña, bajo la advocación de “Nuestra Señora de Bonaria”. Cualquier similitud con la historia de Nuestra Señora de Luján, que también eligió su lugar en el mundo, es pura coincidencia… o no, ¿quién podría asegurarlo?
La noticia se esparció por todos los puertos, y los marinos no tardaron en adoptar a aquella virgen “de Bonaria” como su santa patrona, debido a que había protegido la vida de aquellos catalanes en medio de la tormenta. Es por eso que Nuestra Señora del Buen Ayre es representada en algunas imágenes con una embarcación en la mano derecha en lugar de la candela.
Llegamos, pues, al siglo XVI, época en la que Europa enviaba barcos a descubrir tierras allende los mares. Una de esas expediciones estuvo dirigida por el adelantado don Pedro de Mendoza, quien navegó hacia el sur, siguiendo la ruta de quien descubriera el Río de la Plata, don Juan Díaz de Solís. Con él venían algunos sacerdotes mercedarios del convento de Sevilla, uno de los cuales tenía particular llegada al enviado del Rey Carlos I de España (nieto de los Reyes Católicos). Probablemente, fray Justo de Zalazar fuera confesor del marino, y tal vez haya influido en la decisión de que si la larga travesía llegaba a destino, se homenajeara a la virgen patrona de los navegantes.
Arribado a nuestras costas a principios de 1536 (con 14 navíos, 1500 hombres y unas pocas mujeres, según el historiador Felipe Pigna), fundó en la zona del actual Parque Lezama (al menos allí ubican los estudiosos el lugar, a pesar de la poca documentación existente) el primer asentamiento, un fuerte bastante pobre, y el puerto al que bautizó “Santa María de los Buenos Ayres”.
Don Pedro de Mendoza falleció un año después de regreso a España a causa de la sífilis, y su obra en nuestras tierras no fue acompañada por la buena fortuna, pues el hambre y el constante asedio de los habitantes naturales de la zona terminaron por extinguir la empresa hacia 1541.
Décadas más tarde, en 1580, llegaría a estas costas don Juan de Garay, quien fundara un nuevo asentamiento, esta vez dos kilómetros más al norte que donde lo había hecho Mendoza (actual Plaza de Mayo), y al que bautizara Ciudad de la Santísima Trinidad. Garay respetó para su puerto el nombre elegido por su predecesor, “Santa María de los Buenos Aires”.
Con el paso del tiempo, la ciudad fue modificando su denominación, aunque siempre fue una sola con el nombre del puerto (“la muy noble y muy leal Ciudad de la Trinidad, puerto de Santa María de los Buenos Aires, por ejemplo). Y poco a poco, la estratégica importancia que iría adquiriendo el puerto en la economía, llevaría a que fuese más renombrado que el caserío que lo circundaba, e informalmente ocupando su lugar.
De esta forma, casi de manera natural, como aquella caja que llegó a las costas de Cagliari, el nombre de Buenos Aires fue imperceptiblemente ganando su lugar, e imponiéndose con fuerza hasta convertirse oficialmente en el nombre de la ciudad, que luego tendría otras batallas, políticas, hasta llegar a ser la capital de la República Argentina (ley 1029, 20 de septiembre de 1880).

miércoles, 17 de septiembre de 2014

"Union Jack": un rompecabezas real

En pocas horas más, Escocia decidirá si continúa formando parte del Reino Unido, o por el contrario, si se independiza. Sin ánimos de inmiscuirme en la política interna de un país al que no conozco, la idea es plantear una cuestión menor (o no tanto): si Escocia vota SÍ, el quiebre político debería reflejarse también en la bandera de Gran Bretaña.
Conocida popularmente como "Union Jack", la curiosidad que presenta bandera del Reino Unido es que está conformada por la "unión" de los pabellones de los distintos reinos que componen Gran Bretaña, razón por la cual es el símbolo perfecto de la realidad política de este conglomerado de países y que el referéndum parece amenazar.
Bandera inglesa.
Tenemos más que vista la insignia de Inglaterra en las competencias deportivas, que es la denominada "cruz de san Jorge" (una cruz roja en el centro de la bandera sobre un fondo blanco). Según el Flag Institute británico, se tiene registro de este estandarte ya en el año 1300, aunque no como pabellón nacional, nivel que alcanzaría en 1348.
Bandera escocesa.
Otro bandera reconocida es la de la díscola Escocia, que es una "cruz de san Andrés" blanca sobre fondo azul, y que data de 1286. 
Antigua bandera irlandesa.
Con el mismo diseño que la escocesa pero en diferentes colores (rojo sobre blanco) la bandera de "san Patricio" (Irlanda del Norte) es el otro pabellón que forma parte de la "Union Jack". Esta bandera perdió el carácter de oficial en 1972, cuando se disolvió el Parlamento de este país.
Nótese que, hasta aquí, todas las banderas rinden homenaje a los santos patrones de cada reino.
Bandera galesa.
¿Y por qué Gales no está representado en la "Union Jack"? La insignia galesa (el "Dragón Rojo" sobre una tela dividida en mitades horizontales blanco sobre verde) es tal vez la menos conocida, y no generó influencias debido a que este reino ya formaba parte de Inglaterra cuando ésta se unió a Escocia (1606), y se empezó a diseñar la nueva insignia. Además, si bien tiene cientos de años de vida, se la reconoció oficialmente en la década de 1950.
Bandera del Reino Unido de la Gran Bretaña, o "Union Jack"
La "Union Jack" tal como hoy la conocemos comenzó a existir por ley del Parlamento el 1 de enero de 1801, y es la síntesis simbólica de la unión de estos reinos que parece peligrar en nuestros días. 






viernes, 6 de junio de 2014

El héroe olvidado

"La Batalla de Maipú", de Juan Mauricio Rugendas (c. 1837).

Desde que somos chicos, nos enseñan en la escuela las proezas de nuestros antepasados que lucharon y dieron sus vidas por la construcción de la nación. Muchas veces los hechos han sido “adaptados” con la intención de que generen admiración en quien llega a ellos. Al menos ésta era la política que se seguía a finales del siglo XIX, pues había que conseguir que los inmigrantes sintieran orgullo del país que habían elegido para continuar sus vidas.

Muchos de estos sucesos han llegado a nuestros días a pesar del revisionismo al que los han sometido los distintos gobiernos, y muchos otros (imposible saber cuántos) han quedado en el olvido… En estos días, he tenido acceso a uno de los hechos que se perdieron en la niebla del tiempo, y me pareció una historia digna de destacar en este espacio.

Bajo el título “El sargento Vasconcelos - Episodio de la Batalla de Maipú, el 5 de abril de 1818” se publica en “La Revista de Buenos Aires” un texto de Gerónimo Espejo, en el que relata una historia que bien podría haber inspirado una película de Hollywood, de ésas en las que el héroe, moribundo,  pelea solo contra el mundo, y gana.

El soldado en cuestión se llamaba Francisco de Borja Vasconcelos (1797-1864), un sanjuanino que a los 20 años se vio enfrentado a la muerte, y logró sortearla con éxito. El hecho sucedió en territorio chileno (los cerrillos de Maipo) durante la Batalla de Maipú, hito fundamental en la búsqueda de la independencia de Chile.

Dicho esto, cuenta Espejo lo siguiente:

En seguida de la batalla de Maipú, como acontece siempre en todo ejército después de un gran suceso de armas, corrían innumerables episodios y moralejas de ese día memorable. Entre ellos había oído referir uno de los poco comunes, aunque muy factible —que se decía ocurrido entre un sargento Vasconcelos del batallón número 1 de Cazadores de los Andes, u unos cuantos heridos realistas sobre el mismo campo de batalla.

Se decía —que habiendo sido herido en la cara el sargento Vasconcelos en la segunda carga que desalojó el ala derecha enemiga de la fuerte posición que había tomado, el capitán de su compañía le había ordenado marchase a retaguardia a hacerse curar en el hospital de sangre; y que al cruzar el campo donde acababan de combatir, se levantaron unos cuantos españoles heridos de los que habían caído, aunque no de tanta gravedad que no pudieron tenerse en pie, al ver solo a aquel insurgente (epíteto con que los realistas apostrofaban a los guerreros de la independencia) y sin que hubiese alguno de sus compañeros que lo auxiliara, lo atacaron cuatro o cinco, unos de aquí y otros de acullá, dominados de esa iracundia vengativa y sanguinaria en que ardían por esos tiempos los españoles, aun contra los más inofensivos americanos. Pero Vasconcelos siendo de más coraje de hombre a hombre, más ágil, más sereno y acaso más diestro en las armas, sin darles tiempo a reunirse, fue despachándolos con la noticia a la eternidad uno tras otros.

Confieso que en los primeros momentos tuve por exagerado este cuento, por su tamaño y singularidad; pero haciéndome una fuerte impresión, me propuse pedir detalles a algunos oficiales amigos del mismo batallón de Cazadores, a quienes suponía mejor informados y en posesión de pormenores que no se referían. En efecto, en las ocasiones que me vi con el capitán Martel, con el teniente Zuloaga y Zorrilla, y en particular en las diversas veces que por turno me tocaba la visita de hospital a los heridos de mi cuerpo, los oficiales de dicho batallón que acudían con el mismo objeto, me aseguraban unánimes la realidad del hecho. Me enseñaron al sargento tendido en su cama, añadiendo algunos pormenores que daban al suceso mucha verosimilitud. Quedé persuadido por entonces del hecho desde que lo confirmaban con repetición tantos amigos y compañeros dignos de crédito, aunque no sin dejarme todavía alguna duda, por falta quizá de algunas minuciosidades que acabasen de persuadirme. Empero a la vuelta de cuarenta y tres años de ese acontecimiento, y cuando tan largo transcurso apenas dejaba un recuerdo con uso de él, una casualidad vino a ofrecerme la ocasión de satisfacer mi deseo de tan lejano entonces, y de recoger los pormenores de la misma fuente.

Se presentó en la ciudad de Paraná en diciembre de 1861, por asuntos personales, el teniente coronel de Infantería don Francisco de Borja Vasconcelos, natural de la ciudad de San Juan, la misma persona que como sargento he citado más arriba, y que yo había conocido en el hospital días después de la batalla de Maipú. Después de darnos a conocer mutuamente, recordando una vez las campañas del Ejército de los Andes y los diversos incidentes y peripecias, en especial del suceso que le era personal, le manifesté el vivo deseo que había tenido y en presencia me renovaba, de oírselo referir. Él mostrándose deferente, se ofreció a dedicar un día para darme las explicaciones que yo deseara. Llegado este día, me dijo —Que fue positivo el lance referido. Que su vida estuvo en mucho riesgo el día de la batalla, y que no extrañaba que yo hubiese puesto en duda su veracidad, cuando en su propio batallón hubo muchos a quienes sucedió lo mismo. La causa que dio motivo a ello fue haber recibido su herida en la boca, rompiéndole ambas mandíbulas y destruido toda la dentadura, lo que privó del uso de la palabra, por cuyo motivo los pocos detalles que entonces pudo dar por escrito fueron lacónicos y diminutos porque la fiebre y el tormento que sufría en la cabeza no le daban lugar a más. A los cincuenta o setenta días después de la herida, declinó su gravedad y recobró algunas fuerzas pudiendo alimentarse con menos dificultad que al principio, entonces le fue posible escribir sin tanta molestia y dar una idea algo más extensa del acontecimiento, pues por más de cinco meses estuvo haciéndose entender por señas como mudo, o escribiendo algunos renglones cuando no conseguía hacerse comprender. El hecho, en fin, sucedió como pasa a referirlo.

“Habiendo el general San Martín mandado al general Alvarado (teniente coronel, entonces), jefe de la división de Infantería del ala izquierda, que con los Batallones núm. 1º de Cazadores y núm. 8, tomase una colina o posición elevada que tenía a su frente, los realistas con igual designio habían destacado, según cree, al Regimiento de Burgos encubierto por la misma altura. Por la localidad y formación en que estaban los Batallones 1º y 8, a este le tocaba posesionarse de la cima; pero, tanto el núm. 8 cuanto los realistas vinieron a saber que hacían la misma maniobra de una y otra parte, cuando se avistaron de improviso frente a frente en la cúspide de la colina. Sea que los españoles fuesen más aguerridos, con mejor disciplina, o que su jefe fuese más perspicaz, el hecho fue, que hicieron una descarga sobre el núm. 8 a quemarropa, que le echó a tierra una gran parte de la compañía de Granaderos y tuvo que retroceder. El núm. 1º de Cazadores que marchaba a su izquierda, aunque rompió sus fuegos para protegerlo y ver si restablecía el combate, fue abrasado de igual modo por los fuegos de los españoles, y también se vio obligado a alejarse de la posición. El enemigo inmediatamente estableció una batería de cuatro piezas de artillería, que rompiendo un fuego abrasador a metralla sobre la división que se retiraba, protegía al mismo tiempo la persecución que hacía al núm. 8 desde la altura hasta el bajo, para sacar todo el fruto de la ventaja conseguida. Mas el general San Martín que observaba esta escena, y que probablemente se persuadió más de la importancia de la posición por el empeño que el enemigo ponía en sostenerla, mandó a carrera los Batallones núm. 1º, 3 e Infantes de la Patria (perteneciente al Ejército de Chile y formaban parte de la división de Reserva) a proteger al núm. 8 y 1º de Cazadores de los Andes, que a la sazón se rehacían para volver al ataque, lo cual visto por el enemigo, contuvo su marcha y aun retrocedió a la altura. El coronel Freire que mandaba la caballería de la misma ala, al ver el rechazo que la división Alvarado había sufrido, emprendió una carga sobre una columna de la propia arma que tenía a su frente, para equilibrar el combate amagando al mismo tiempo flanco de la Infantería realista, y teniendo la fortuna de lograr su golpe, hizo perder su posición en derrota a los Lanceros del Rey. El comandante Alvarado que a esta sazón ya había reorganizado los dos batallones de su división, y veía acercarse el refuerzo de la reserva, proclamó la tropa exhortándola a un nuevo esfuerzo de coraje, terminando con las palabras ‘¡Soldados! ¡Vamos a triunfar’. En efecto, la tropa respondió con un grito entusiasta de ‘Viva la patria’, y ambos cuerpos volvieron sobre el enemigo con la mayor serenidad, arma al brazo, a son de música. Fue tal la embestida que se le dio que no pudieron resistirla, se desordenó, volvió caras, y nuestra división se posesionó de la altura y de la artillería. Los españoles a su turno fueron perseguidos por la espalda en cuesta abajo por los Batallones núm. 8 y Cazadores, sufriendo igual o mayor destrozo que el que ellos habían causado a nuestras filas poco antes. Aunque reforzados por un cuerpo de su reserva que unidos hacían esfuerzos por recuperar la posición perdida, no sólo no lo lograron, sino que, a bala y bayoneta se les hizo retroceder y aun se les desalojó de la segunda colina en que pensaron hacer pie firme: en este segundo ataque fue que Vasconcelos recibió su herida en la boca, y su capitán le mandó al hospital de sangre a retaguardia, diciéndoles, que fuese a reunirse a los otros heridos que se habían despachado de la posición que acababan de dejar. Vasconcelos dice, que se vendó su herida con dos pañuelos que llevaba, y echando al hombro su fusil que tenía cargado, se puso en marcha a buscar el hospital, cruzando el campo que estaba sembrado de cadáveres y heridos. Se había alejado ya como tres a cuatro cuadras a retaguardia de la línea, cuando de improviso se levantó uno de los realistas que habían caído heridos pocos minutos antes, sin la menor duda de esos acérrimos empecinados por su rey, a atacar a Vasconcelos que pasaba solo; a los improperios de furiosa rabia que vomitaba aquel español, se enderezaron otros y otros, hasta cinco sucesivamente de aquí y de más allá, al ver a un insurgente caminar mudo, bañado el pecho y la cara en sangre, e indefenso; porque no se veía en su alrededor ninguno que pudiera socorrerlo. Vasconcelos viéndose en tan supremo conflicto y considerando que iba a ser víctima indefectible de aquellos furiosos desalmados cuyos insultos le daban la medida de su saña, se resignó a su fuerte, al reflexionar que no le quedaba otra alternativa que morir matando (1). Hecha esta resolución se echó el fusil a la cara poniéndole los puntos al que se le acercaba con más ahínco, él disparó el tiro y tuvo la fortuna de voltearlo: echó mano incontinenti a otro cartucho, porque ya venía otro acercándose a acometerlo, que presumió que traía su fusil descargando porque venía calando bayoneta; más calculando que por venir tan inmediato no le daría tiempo para sacar la baqueta y atacar el tiro, puso el cartucho al cañón, dio un golpe en el suelo con la culata, echó el fusil a la cara, le disparó el tiro y lo volteó, todo fue obra de muy pocos instantes; pero observando que los otros tres no se arredraban ni por haber visto caer a dos de sus compañeros, y calculando que por estar ya tan cerca no le alcanzaría el tiempo para cargar de nuevo y voltear otro si podía; encontrándose rodeado y sin más arbitrio que pelear cuerpo a cuerpo, tomó el fusil con la mano izquierda para que le sirviese como de escudo, y con la derecha echó mano a su puñal que llevaba a la cintura. A los primeros golpes dice, que ya conoció la poca destreza de sus competidores en el arma blanca, o porque sus heridas no les permitiesen mayor desenvoltura, pero el hecho fue que estas ventajas dieron a Vasconcelos nuevo aliento y entereza a sus fuerzas, y poco después a favor de un salto súbito que dio sobre uno de ellos, consiguió acertarle la cuchillada que le abrió el vientre y lo volteó, mientras que los otros dos lo acosaban a bayonetazos. Este tan desventajoso combate y agitación habían debilitado tanto sus fuerzas, que hubo momentos en que desesperaba de su suerte; pero al considerar que un nuevo esfuerzo podía conservarle la vida, sacó fuerzas de flaquezas y acometió al que le ofrecía más ventajas por su falta de agilidad, y parándole un bayonetazo con el fusil que tenía en la mano izquierda, le acertó una puñalada con la derecha que lo tendió en tierra, y entonces arremetió al quinto con la resolución de dar fin a tan fatigosa escena con su vida o con su triunfo. Mas aunque el español era valiente y ágil, parece que la Providencia lo disponía de otro modo. En esos momentos se avistó una partida de quince o veinte milicianos de Aconcagua que pasaban a galope por aquel paraje, y este auxilio estimuló su ánimo y concluyó con el último de sus asesinos. En esto llegó la partida que lo reconoció como soldado de la patria por su uniforme, y dándose a entender por señas con el oficial, tanto de su estado cuanto del lance que acababa de tener lugar, el oficial lo hizo montar en el caballo de uno de sus soldados y que lo acompañasen dos hasta el hospital, en precaución de otro encuentro semejante o de cualquier caso imprevisto.”

Sello postal por el 150° aniversario de la Batalla de Maipú.
La imagen elegida es el  cuadro del artista chileno Pedro Subercaseaux Errázuriz:
"El abrazo de Maipú" (1904).
Estos son los detalles del suceso que le aconteció en la Batalla de Maipú y de que yo le pedía pormenores.

Por conclusión, réstame sólo declarar que yo no he sido testigo presencial de los movimientos militares y pormenores del suceso personal que abarca esta relación, por cuanto ellos tuvieron lugar en la extrema izquierda de la línea del ejército de la patria, y yo me encontraba con el Cuerpo de Artillería a que pertenecía, formando el 5º Escuadrón maniobrero del Regimiento de Granaderos a Caballo, que como de caballería era la división que ocupaba la extrema derecha. Debiendo agregar en obsequio de la verdad histórica, que siendo la precedente relación tan verosímil como conforme a las referencias que de boca en boca se transmitían entre la oficialidad del ejército en los días subsiguientes a esa victoria de eterna recordación, y lo que es aun más, de una perfecta semejanza a los diversos conceptos del parte detallado en que el general San Martín describe esa espléndida función de la guerra de la independencia, yo por mi parte no he trepidado en aceptarla con toda la veracidad que merece. (2)

Nada dice Espejo sobre lo que sucedió entre la Batalla de Maipú y su encuentro con Vasconcelos en Paraná… En líneas generales, el soldado siguió su carrera militar, en la que fue alcanzando grados superiores por sus méritos en los distintos campos de batalla, y llegó a luchar en el ejército de Facundo Quiroga.

Lo relatado pudo haber sucedido… o no. La hazaña puede estar exagerada… o no. Pero es, sin lugar a dudas, una verdadera curiosidad, perdida en el tiempo… tal vez de las tantas que debieron suceder a lo largo de los más de 200 años de historia argentina, y que jamás conoceremos.

Notas:
(1) “Los escuadrones de la escolta y cazadores a caballo al mando del bravo coronel Freire cargaron igualmente, y a su turno fueron cargados en ataques sucesivos. No es posible, señor Exmo., dar una idea de las acciones brillantes y distinguidas de este día, tanto de cuerpos enteros, como jefes e individuos en particular; pero si puede decirse que con dificultad se ha visto un ataque más bravo, más rápido y más sostenido: también puede asegurarse, que jamás se vio una resistencia más vigorosa, más firme, ni más tenaz. La constancia de nuestros soldados y sus esfuerzos, vencieron al fin, y la posición fue tomada regándola en sangre y arrojando de ella al enemigo a fuerza de bayonetazos” (período del parte detallado del general San Martín al Supremo Director de las Provincias Unidas, publicado en La Gaceta de Buenos Aires Nº 67, del miércoles 22 de abril de 1818).

(2) LA REVISTA DE BUENOS AIRES - Historia americana, literatura y derecho, año 1, nº 4, agosto de 1863, págs. 543 a 550.

sábado, 15 de marzo de 2014

La profecía del 15 de marzo...

"Muerte de Julio César" de Vincenzo Camuccini (1798).
“Teme a los idus de marzo…”, pone William Shakespeare en boca del sacerdote agorero que intenta prevenir a Cayo Julio César del peligro que lo acechaba.
Para los romanos, los “idus” eran los días 13 de cada mes, excepto para marzo, mayo, julio y octubre que eran los días 15. Y quizás el idus más conocido sea el del mes dedicado al dios Marte (patrono de la guerra) que era el de marzo (Martius). Comúnmente, los idus eran vividos como jornadas de buenas noticias. Tal vez por eso, los idus de marzo del año 44 antes de Cristo quedaron signados por el horror, pues durante la mañana de ese día se produjo en Roma un magnicidio.
Según cuenta Plutarco, el César fue advertido por algunas personas, pero él desoyó las recomendaciones. Relatan las fuentes (históricas y literarias) que cuando el emperador iba camino a la reunión con los senadores, se cruzó con el sacerdote que le había advertido días antes sobre el futuro sombrío que avizoraba para él, y que Julio César lo increpó: “Los idus de marzo ya han llegado, y sigo vivo”. A lo que el adivino le respondió: “Es verdad, ya han llegado; pero aún no han terminado”.
En las escalinatas de la Curia fue interceptado por otra persona que le entregó un pergamino que, cuentan, contenía el listado de complotados… Julio César lo tomó en sus manos, e hizo oídos sordos al ruego del hombre que le advertía que lo leyera antes de que ingresara. Probablemente, toda esta situación se había visto fogoneada por el hecho de que el emperador había disuelto su guardia mientras permaneciera en Roma, pues no veía conveniente que los ciudadanos lo viesen caminar por la ciudad custodiado de su propia gente.
Una vez dentro de la Curia, durante la reunión, Tilio Cimber se acercó lo suficiente al César y lo tomó con fuerza de la toga. El emperador, sorprendido, le gritó: “¡¿Qué violencia es esta?!” (“¿Ista quidem vis est?”). Acto seguido, la mano de Casca, que empuñaba una daga, cayó sobre César, quien sintió el frío metal sobre el cuello. El senador atacante gritó a sus compañeros para que lo ayudaran, mientras César intentaba mantenerse en pie, entre el dolor y la sorpresa. Casi inmediatamente, 60 senadores se abalanzaron sobre el emperador, quien intentaba luchar cada vez más infructuosamente, por razones obvias. El cuerpo del César recibió 23 puñaladas. Suetonio cuenta que, ya en el piso, alcanzó a ver a Bruto (hijo de su amante y a quien quería como si fuera su progenitor), y le balbuceó: “¿Tu también, Bruto, hijo mío?” (“¿Tu quoque, Brute, filii mi?”). Sin embargo, suena más racional y humano que el emperador no haya podido decir palabra (como sostiene Plutarco), y eso no sea más que parte de la ingeniería que luego de la muerte de un líder se pone en marcha para erigirlo en héroe. Nos sobran ejemplos de estadistas de todas las latitudes a los que, a la hora de morir, se les han ocurrido frases elocuentes, con tanta suerte como para que haya testigos que las anoten.
La crónica de aquellos idus de marzo de hace 2058 años señalan que, casi inmediatamente luego del “cesaricidio”, los asesinos huyeron del recinto para anunciar por las calles que el emperador había muerto (y para sortear cualquier represalia, claro está), dejando el cuerpo de uno de los hombres más poderosos de la Antigüedad, ultrajado y en la más absoluta soledad, hundido en su propia sangre.
Mucho mito, algo de realidad, y las premoniciones desoídas sobre los idus de marzo, que han llegado hasta nuestros días con el fin de advertirnos (de manera casi críptica) sobre aquellos que nos rodean… Aunque no se trata de temer, sino de estar atentos.

jueves, 30 de enero de 2014

Feliz año nuevo... chino

Barrio Chino en Buenos Aires en pleno festejo del cambio de año
Esta noche comienza el año 4712, y millones de personas celebrarán… A diferencia de la sociedad occidental, que utiliza como medición del tiempo el calendario gregoriano, la comunidad oriental (china principalmente) se rige por el calendario lunar. Eso hace que no tengan un comienzo de año fijo, sino que varíe entre finales de enero y mediados de febrero. Este 2014 (occidental) el año comienza el 31 de enero. La celebración se conoce también como “Fiesta de la Primavera”, pues sostienen que es ahora cuando el invierno comienza a ceder, y la naturaleza a renacer.
Probablemente, muchos lo sepan por ser seguidores del horóscopo chino, pero bien vale recordarlo… esta noche, pues, se despide el año de la serpiente y da inicio el del caballo.
¿Y de dónde proviene la costumbre de nombrar a los años con animales? Se trata de una leyenda mítica, que -como en todas las culturas- tiene sus variaciones. Algunas historias relatan que fue Buda y otras el Emperador de Jade (que gobierna el cielo) quien organizó una carrera entre los animales para homenajearlos en los segmentos del zodiaco que duran un año, a diferencia del occidental, que duran un mes.
La competencia se llevó a cabo a través del monte y el lago, como para que ninguno de los corredores tuviera alguna ventaja extra. Cuenta la leyenda que llegados a la orilla del lago, la rata pidió ayuda al buey para que la cruce, y éste -por ser un animal bueno y trabajador- se la concedió, cargándola en su lomo. Casi con el recorrido terminado, la rata saltó a tierra para aventajarlo y fue la primera en llegar, y el buey el segundo. Luego arribaron el  tigre, el conejo, el dragón, la serpiente, la cabra, el mono, el gallo, el perro y el cerdo. El Emperador, entonces, fue concediendo a cada animal, según el orden de llegada, un segmento del zodiaco, y les otorgó el don de que rigieran sobre los humanos nacidos en sus respectivos periodos según su forma de ser.
Algunas curiosidades cuentan que no hay gato en la lista por culpa de la rata. Según la leyenda, estos dos animales eran muy amigos, pero la rata también es muy ambiciosa, y como veía en el felino un buen competidor, le dijo que la carrera se llevaría a cabo un día después de la jornada indicada. Desde ese momento, ambos seres están enemistados a muerte… Claro que al gato, por otra parte, le esperaba un mejor trato en la mitología egipcia.
El último puesto fue del cerdo, y esto se debió a que, según el mito, a poco de comenzar la carrera el chancho se cansó y se puso a comer para reponer fuerzas, lo que hizo que perdiera más tiempo que el resto, que también tuvo sus complicaciones durante la competencia.
Una contradicción de este cuento es que ubica el hecho tan lejano en el tiempo, que los chinos aún no habían inventado un medio para medirlo, pero también sitúa la competencia como uno de los festejos del cumpleaños del Emperador de Jade… Seguramente son cosas de dioses que escapan al conocimiento de un simple humano que ni siquiera es oriental.