
En 1868, el presidente de los EE.UU., Andrew Johnson, dictó la Ley Ingersoll, que establecía la jornada de 8 horas para los empleados de las oficinas federales y para quienes se dedicaban a las obras públicas.
En el ámbito privado, la ley no hizo mella. En 1884, más de una década y media más tarde, la American Federation of Labor dictaminó la obligación de llevar a 8 horas la jornada de trabajo.
Como la decisión no fue acatada por patrones y empresarios, en 1886 los trabajadores llamaron a una huelga general por tiempo indeterminado, y fijaron como fecha de inicio el 1 de mayo. La orden del día era precisa: “¡A partir de hoy, ningún obrero debe trabajar más de 8 horas por día! ¡8 horas de trabajo! ¡8 horas de reposo! ¡8 horas de recreación!”. Se declararon, pues, 5.000 huelgas, y 340.000 obreros dejaron las fábricas, ganaron las calles para expresar sus demandas.
Al cuarto día de huelga, mientras se llevaba a cabo un acto en Chicago, estalló un explosivo, y la policía -que se hallaba en estado de alerta por el accionar de los anarquistas- emprendió una brutal represión. Se produjo un enfrentamiento que terminó con un saldo de 38 obreros y 6 policías muertos. La autoridad comenzó una “investigación”, para la cual realizó razzias e interrogatorios bajo tortura.
El procedimiento terminó con el arresto de los dirigentes socialistas y anarquistas August Spies, Albert Parsons, Adolf Fischer, George Engel, Louis Lingg, Samuel Fielden, Michael Schwab y Oscar W. Neebe, a quienes se acusaba por “conspiración de homicidio” (debido a la muerte del policía Mathias Degan, alcanzado por la bomba), entre otros cargos.
A pesar de que el tribunal no logró probar nada en su contra, el 11 de noviembre de 1887 -un año y medio después de la gran huelga por las 8 horas-, Spies, Parsons, Fischer y Engel fueron ahorcados en la cárcel de Chicago. Otro de ellos, Lingg, se había suicidado el día anterior. La pena de Fielden y Schwab fue conmutada por la de cadena perpetua, y Neebe fue condenado a quince años de trabajos forzados.
Cuando Spies, Parsons, Fischer y Engel fueron colgados, la indignación popular no pudo contenerse, y se produjeron manifestaciones en las principales ciudades del mundo. Fue en ese momento que se estableció al 1 de mayo como el “Día Internacional de los Trabajadores”, conmemorando exactamente el inicio de la huelga por las 8 horas de jornada laboral, y no su trágico desenlace.
En el ámbito privado, la ley no hizo mella. En 1884, más de una década y media más tarde, la American Federation of Labor dictaminó la obligación de llevar a 8 horas la jornada de trabajo.
Como la decisión no fue acatada por patrones y empresarios, en 1886 los trabajadores llamaron a una huelga general por tiempo indeterminado, y fijaron como fecha de inicio el 1 de mayo. La orden del día era precisa: “¡A partir de hoy, ningún obrero debe trabajar más de 8 horas por día! ¡8 horas de trabajo! ¡8 horas de reposo! ¡8 horas de recreación!”. Se declararon, pues, 5.000 huelgas, y 340.000 obreros dejaron las fábricas, ganaron las calles para expresar sus demandas.
Al cuarto día de huelga, mientras se llevaba a cabo un acto en Chicago, estalló un explosivo, y la policía -que se hallaba en estado de alerta por el accionar de los anarquistas- emprendió una brutal represión. Se produjo un enfrentamiento que terminó con un saldo de 38 obreros y 6 policías muertos. La autoridad comenzó una “investigación”, para la cual realizó razzias e interrogatorios bajo tortura.
El procedimiento terminó con el arresto de los dirigentes socialistas y anarquistas August Spies, Albert Parsons, Adolf Fischer, George Engel, Louis Lingg, Samuel Fielden, Michael Schwab y Oscar W. Neebe, a quienes se acusaba por “conspiración de homicidio” (debido a la muerte del policía Mathias Degan, alcanzado por la bomba), entre otros cargos.
A pesar de que el tribunal no logró probar nada en su contra, el 11 de noviembre de 1887 -un año y medio después de la gran huelga por las 8 horas-, Spies, Parsons, Fischer y Engel fueron ahorcados en la cárcel de Chicago. Otro de ellos, Lingg, se había suicidado el día anterior. La pena de Fielden y Schwab fue conmutada por la de cadena perpetua, y Neebe fue condenado a quince años de trabajos forzados.
Cuando Spies, Parsons, Fischer y Engel fueron colgados, la indignación popular no pudo contenerse, y se produjeron manifestaciones en las principales ciudades del mundo. Fue en ese momento que se estableció al 1 de mayo como el “Día Internacional de los Trabajadores”, conmemorando exactamente el inicio de la huelga por las 8 horas de jornada laboral, y no su trágico desenlace.
En nuestro país, recién el 12 de septiembre de 1929 se sanciona la ley 11.544, que fija la jornada laboral para trabajadores "por cuenta ajena en explotaciones públicas y privadas" en 8 horas (o 48 semanales). La norma no incluía, casualmente, a quienes realizaban trabajos "agrícolas, ganaderos o de servicio doméstico", algo que tal vez no debería sorprender si se tiene en cuenta que hablamos de una Argentina agroexportadora, donde la fuerza económica residía en el campo y eran quienes más empleados domésticos tenían.
El trabajador agrario tuvo que esperar hasta el 8 de octubre de 1944, para que el gobierno de Edelmiro Farrell (a instancias del secretario de Trabajo y Previsión Social, coronel Juan Perón) firmara el decreto ley 28.160/44, conocido como el "Estatuto del Peón". Mientras que los empleados domésticos debieron esperar hasta que en el gobierno de Pedro Aramburu se firmara su estatuto laboral (decreto ley 326/56).
Afortunadamente, a lo largo del siglo pasado, los trabajadores no sólo alcanzaron el reconocimiento como tales, sino que además fueron obteniendo nuevas conquistas, como el descanso dominical, el derecho a una indemnización en caso de despido, etcétera.
Afortunadamente, a lo largo del siglo pasado, los trabajadores no sólo alcanzaron el reconocimiento como tales, sino que además fueron obteniendo nuevas conquistas, como el descanso dominical, el derecho a una indemnización en caso de despido, etcétera.
Sin embargo, aún hoy, en pleno siglo XXI, en la Argentina (paraíso de los sindicalistas ricos y los trabajadores pobres) hay quienes desarrollan labores en condiciones de esclavitud, denigrantes para la condición humana, e imposibles de soportar en un país desarrollado, tal como sucedía hace doscientos años. Hemos recorrido un largo camino, falta mucho más por recorrer...
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Antonio Berni, "Pan y trabajo" |