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martes, 17 de febrero de 2015

Primera prohibición del Carnaval en el Virreinato del Río de la Plata

Estamos finalizando las festividades de Carnaval de 2015, y sirve la ocasión para recordar un hecho histórico que hace a esta celebración. Ya hemos hecho referencia a las idas y vueltas que ha tenido esta fiesta en "Carnaval toda la vida" (6 de marzo de 2011). Ahora nos remontaremos a 1778, cuando el virrey Pedro de Ceballos (el primero del Virreinato del Río de la Plata) dictaba un bando por el cual prohibía el Carnaval "en vista de los excesos que se cometen en estas fiestas".
Resulta que el alcalde de primer voto Judas José de Salas solicitó al virrey el 25 de febrero de 1778 la prohibición de las festividades por hacer "fastidiosa la habitación" de la Ciudad, debido a que durante su desarrollo "se apura la Grosería de echarse agua y afrecho y aun muchas inmundicias, unos a los otros, sin distinción de estados ni sexos, llegando al desenfreno, que ni aun en su propia casa se está el más recogido, ni la señora más honesta a cubierto de un insulto porque suelen introducirse cuadrillas de hombres y mujeres disfrazadas, y muy proveídos de huevos y otras menudencias arrojadizas..."(1).
Pero se ve que no quedaba sólo en ensuciar o insultar a la gente, sino que Salas da cuenta de que esos asaltos a las casas tenían otras consecuencias más graves: "...estas cuadrillas roban y rompen los muebles, después de dejar muy mal trazadas y tal vez heridas a las personas de los dueños".
Es así, pues, que el 28 de febrero, el Virrey firma el bando por el cual prohíbe "los dichos juegos de Carnestolendas, encargando su celo a todas las Justicias, Cabos Militares, y Patrullas, y a quien contraviniere a este mandato se le castigará a mi arbitrio y como corresponda".
Acompaña al documento un texto el secretario Joseph Zenzano, que establece que "con voz de pregonero hice publicar el bando antecedente en los parajes públicos, y fijé copia en las puertas del Ilustre Cabildo...

Virrey Ceballos (imagen Wikipedia).
(1) Documentos para la historia del virreinato del Río de la Plata, 1912, tomo I, pág. 229.

sábado, 7 de febrero de 2015

Historia de traiciones en las Islas Malvinas

Ubicación geográfica de la Isla Nueva.
Sabemos que el territorio que conocemos como "Islas Malvinas" es un archipiélago compuesto por más de doscientas islas e islotes, aunque destacan solamente las de superficie más grandes (Soledad y Gran Malvina). Lo que tal vez desconozcamos son las historias mínimas que transcurren en ellas desde que fueron descubiertas por el hombre. Una de ellas, de la que nos haremos eco en esta ocasión, nos remonta a la segunda década del siglo XIX, y bien podría ser el argumento de un cuento de aventuras. De hecho, Federico Lacroix, quien la relata en su Historia de la Patagonia, Tierra del Fuego e Islas Malvinas(*), la compara con el famoso relato de Daniel de Foe, Robinson Crusoe.
El escenario de este relato no es Juan Fernández, sino un islote al oeste de Gran Malvina, llamado "Isla Nueva", al cual Lacroix le quita toda importancia para su libro, de no ser por esta historia de traiciones.
"La Isla Nueva no merecería que hiciésemos de ella especial mención, si no hubiera sido el teatro de una aventura muy dramática que no debemos pasar en silencio.
Digamos desde luego, para dar una idea del lugar de la escena, que esta isla es montañosa en extremo y que su parte occidental ofrece una cadena, serie de horrorosos precipicios; en cuyo fondo bulle a veces el mar con un ruido espantoso. Un muro impenetrable de peñascos que eleva quinientos cincuenta pies sobre las olas, y cuyo aspecto sombrío infunde un terror inexplicable en el alma del espectador. Cuando el viento de oeste sopla con violencia, las olas furiosas se estrellan contra esta mole gigantesca envolviendo su base con una nube espesa de vapor mezclada de espuma."
Ubicados ya en la geografía del lugar, comienza Lacroix con el relato de su historia: "A principios de 1814, el capitán Barnard, de la marina de los Estados Unidos, se vio forzado a tocar en New Island[**], durante un viaje emprendido para completar un cargamento de pieles finas. Así como se disponía a dejar esta soledad, encontró en la costa meridional la tripulación de un navío inglés que naufragó, y que se componía de treinta personas, entre las cuales había algunos pasajeros [que] andaban errantes por aquellas playas, poseídos de la desesperación. El buque americano era muy chico, y los náufragos, muchos; pero la humanidad alzó su imperiosa voz, y Barnard no titubeó en recoger a los ingleses.
El primer impulso de estos desgraciados al ver la generosidad del capitán americano, fue el de un vivo agradecimiento; pero esta impresión fue poco a poco cediendo a una idea enteramente contraria. Los Estados Unidos de América se hallaban en guerra entonces con la Gran Bretaña, y esta circunstancia les sugirió un pensamiento sumamente injurioso para el honrado Bernard [sic] . Éste les había prometido bajo su palabra de honor, dejarles en un puerto brasileño cuando regresara a su patria. Pero esta promesa no les tranquilizaba; imagináronse que el capitán tenía el odioso proyecto de traficar con su libertad y entregarles por una recompensa al gobierno de los Estados Unidos."
Mientras tanto, los preparativos para partir seguían su curso, y esto incluía hacerse de las provisiones necesarias para tanta gente. "Un día, después de haber andado errante mucho tiempo con cuatro marineros, regresaba cargado de la caza [...]; ya estaba cerca de la playa e iba a embarcarse en la lancha, cuando echó de ver que había desaparecido el buque. Atribuyó la causa a la niebla que se había levantado durante su ausencia, pero por más que llamaba, nadie respondía, decidióse entonces a ir remando hacia donde había dejado anclado el buque, y llegado al lugar acabó de convencerse de que había desaparecido. Los ingleses habían cortado efectivamente el cable y tomado el rumbo de Río de Janeiro, abandonando sin piedad a su libertador y a cuatro marineros más en aquellas regiones inhospitalarias".
Ubicación geográfica de la Isla Nueva (detalle).
Una vez repuestos de la sorpresa y la indignación, no les quedó más remedio que intentar amigarse con el lugar, e intentar establecerse en esta colonia improvisada a la que habían sido obligados. "[...] Los huevos de albatros y algunos mariscos que recogieron en la orilla del mar, les facilitó por unos días alimento abundante. Luego enseñaron a un perro, que por casualidad habían llevado consigo, a cazar los cerdos, cuya carne les fue de mucha utilidad. Plantaron también algunas patatas, que habían sacado del barco para almorzar el día de la infausta cacería, y al año siguiente recogieron suficiente para hacer provisión de invierno. La piel de las focas que mataron con las pocas municiones que tenían les sirvió de vestidos. En fin, lograron construir una casita de piedra bastante sólida para resistir a la violencia de los huracanes, tan frecuentes en aquellos parajes...".
Según cuenta Lacroix, lo que más padeció este capitán fue que, sin barco que capitanear y ante una situación crítica como la que estaban pasando, los cuatro marineros le habían perdido el respeto y no consideraban que debieran continuar subordinados a su autoridad. De hecho, penurias de  Barnard finalizaron con la traición de los ingleses, sino que tuvo que hacer frente a otra crisis más, al darse cuenta que un día sus cuatro acompañantes forzosos decidieron no volver luego de un día de caza.
"[...] Al amanecer dirigióse con un siniestro presentimiento al sitio donde estaba amarrada la lancha, pero ésta había desaparecido. Conoció entonces que aquellos miserables se habían fugado, dejándole abandonado a su suerte. El dolor que experimentó fue inexplicable [...]. El capitán entró desanimado a su cabaña. Sin embargo, al día siguiente volvió a sus tareas cotidianas como si estuviese con sus compañeros, trabajando sin interrupción para no entregarse a la desesperación, dominando así su espíritu con el uso excesivo sus fuerzas físicas."
Al parecer, el doblemente abandonado Barnard no perdía las esperanzas, y subía un par de veces al día a una montaña que, por su ubicación, era un excelente mirador natural, allí pasaba el tiempo "interrogando al horizonte y quedándose estático cuando veía un punto negro que tenía la apariencia de un buque".
"Ya habían transcurrido muchos meses desde la huida de los marineros, cuando un día que Barnard se hallaba sentado a la puerta de su cabaña, vio unos bultos parecidos a hombres que se dirigían hacía él. No se engañó, pues eran los cuatro fugitivos que, no habiendo podido pasar más adelante de las islas vecinas, e incapaces de poder adquirir la subsistencia, venían a implorar el perdón de su superior y vivir con él. Este día fue de fiesta en New Island; celebróse la llegada de los marineros y cada cual olvidó por un momento sus sombrías ideas y su presente situación."
Sin embargo, relata Lacroix que uno de los cuatro marineros (tal vez culpando internamente al capitán) ideó asesinar a Barnard. Los otros tres hombres decidieron dar por aprendida la lección que la vida parecía hacerles vivir, y no sólo no se plegaron a este motín en tierra, sino que denunciaron al insurrecto a su otrora superior al mando. El díscolo fue expulsado, pero al cabo de tres semanas "juzgó el capitán que estaba suficientemente castigado y le permitió volver a sentarse con ellos al hogar. Desde entonces reinó entre los cinco la mayor armonía, y el bien general fue consiguiente a esta paz tardía".
El narrador de esta historia comienza en este punto a contar una convivencia tranquila gobernada por la aceptación y cierto buen ánimo, a pesar de que "la nostalgia minaba sordamente la existencia de estos hombres, víctimas de la traición más horrorosa". Para continuar relatando que, cuando parecía toda esperanza perdida, las cosas volverían a tomar otra dirección. "Quizás su estrella les destinaba a sucumbir bajo el peso de la cruel agonía que les devoraba, cuando en 10 de diciembre de 1815, una vela lejana les anunció el fin de su cautiverio...".
Cierra Lacroix su historia con una paradoja, tal vez como para no ser acusado de cargar las tintas contra los ingleses, a pesar de que su relato así lo deja entrever. Cuenta que "quiso la casualidad que este mismo Barnard vendido por unos ingleses, debiese su libertad a otros de la misma nación, porque el bajel que los recibió a su bordo había salido de un puerto de la Gran Bretaña".
Hasta aquí, la historia de Lacroix, que tal vez a causa de la traducción al castellano, o tal vez por querer componer un relato más literario que histórico, presenta algunos huecos (como nombres y fechas, que harían comprobable lo narrado). No obstante, existen registros de esta historia, uno de ellos es el que relata Sergio Esteban Caviglia(***). "El bergantín Nanina, a mando del capitán Valentine Barnard[****], de Hudson, zarpó de Nueva York el 4 de abril de 1812, hacia las Islas Malvinas en un viaje de caza de ballenas y lobos. Arriban a las islas, y en abril de 1813 se encuentran con los náufragos del bergantín inglés Isabella. [...] El capitán Barnard recibe a los oficiales, tripulantes y pasajeros a bordo de su buque, y fueron traicionados y abandonados en una isla. Recién fueron rescatados en noviembre de 1814".
El texto de Caviglia nos permite saber, más allá de las diferencias con Lacroix, que los protagonistas de esta historia de traiciones son reales, y que no se trata de un intento de emulación del famoso relato de De Foe, o una mera historia folclórica de marinos, aunque esto último no le hubiera quitado interés al relato.

(*) Lacroix, Federico, Historia de la Patagonia, Tierra del Fuego e Islas Malvinas, Imprenta del Liberal Barcelonés, Barcelona, España, 1841.
(**) Si bien Lacroix al comienzo utiliza "Isla Nueva", luego decide volcarse por "New Island", probablemente porque al momento de edición del libro, las Malvinas ya habían sido invadidas por los ingleses (1833).
(***) Caviglia, Sergio Esteban, Malvinas. Soberanía, Memoria y Justicia, 10 de junio de 1829, Ministerio de Educación de la Provincia del Chubut, Rawson, Chubut, 2012.
[****] Cabe aclarar que si bien el autor lo llama "Valentine", más adelante cita un libro denominado Una narración de los sufrimientos y aventuras del Cap. Charles H. Barnard.

sábado, 22 de noviembre de 2014

Buenos Aires, un nombre con historia

Imagen de Nuestra Señora de Bonaria, en Plaza Cerdeña, Buenos Aires
Si preguntáramos de dónde viene el nombre “Buenos Aires”, muchos dirían que deriva de una virgen, “Nuestra Señora de los Buenos Ayres”, pero si extendiésemos la consulta al origen de esta virgen, pocos serían capaces de responder correctamente.
Hilando fino, podríamos decir que la historia del nombre de la ciudad se remonta a mucho antes de que se fundara, y que en ella participan (tal vez tangencialmente) Aragón, Cagliari y muchos actores anónimos que de una u otra forma participaron en esta cadena de sucesos que desembocaron en que hoy en día Buenos Aires se llame de este modo.
La mejor manera de explicar toda la historia es desandar en el tiempo hasta donde se ubica (al menos según mi parecer) el origen de esta historia.
Comencemos este viaje en 1323, año en que el rey Jaime II de Aragón desembarca al sur de la isla de Cerdeña. Desde allí inicia la conquista de Cerdeña y de Córcega, las cuales terminaron anexadas al reino aragonés. Como forma de agradecimiento a Dios por tal empresa, Jaime II (el Justo) construye un templo en una de las colinas cercanas a Cagliari, lugar del primer desembarco. Este monte fue conocido como “Buen Ayre” (Bonaria) debido a que, por su altura, lograba escapar al “esmog” que producían los fuegos que se encendían en la ciudad. Dicha iglesia fue donada a la Orden de la Merced, institución religiosa que había sido creada en 1218 por el fraile barcelonés Pedro Nolasco (luego santo), con el fin de lograr la redención de los cristianos cautivos por los musulmanes que ocupaban la Península Ibérica.
Hasta aquí, el inicio de la historia… pero como no podía ser de otra manera, el ingrediente milagroso tenía que estar presente. Es así que cuentan que durante marzo de 1370, una feroz tormenta sorprende a un buque catalán que transportaba mercancías hacia Italia. Como cada vez el panorama se ponía más y más oscuro, los marinos decidieron deshacerse de la carga, creyendo que de esta manera tendrían menos posibilidades de naufragar. Poco a poco lanzaron por la borda el cargamento, mientras el temporal y el mar azotaban sin piedad la frágil embarcación. Cuando casi no quedaban más cosas por arrojar, le tocó el turno a una pesada caja de madera arrumbada en un rincón. Un par de marinos la alzaron y, sin más, la mandaron al agua enfurecida, cual ofrenda a Poseidón. Fue en el mismísimo instante que la caja toma contacto con el mar que la tormenta comenzó a amainar rápidamente. Recompuesta del susto, la tripulación observó que aquella caja no había seguido la suerte del resto, que había sido devorado por el Mediterráneo, y continuaba a flote. Decidieron, pues, rescatarla y llevarla a puerto como estaba programado. Sin embargo, la embarcación no pudo alcanzar la caja, que cual guía experimentada, “navegaba” delante del navío, hasta llegar a las playas de Cagliari. Una vez en tierra, los marinos catalanes intentaron abrirla, intrigados por su contenido. Cuentan que les fue imposible, y que un pequeño del lugar propuso que le pidieran ayuda a los padres mercedarios que habitaban cerca de allí. Así lo hicieron, y fueron los sacerdotes quienes lograron rescatar del interior de la caja una imagen de la Virgen de la Candelaria. Sorprendidos por el “milagro” nadie se opuso a que aquella imagen que tenía en su brazo izquierdo al niño Jesús coronado y en su mano derecha un enorme cirio encendido, se quedara en Cerdeña, bajo la advocación de “Nuestra Señora de Bonaria”. Cualquier similitud con la historia de Nuestra Señora de Luján, que también eligió su lugar en el mundo, es pura coincidencia… o no, ¿quién podría asegurarlo?
La noticia se esparció por todos los puertos, y los marinos no tardaron en adoptar a aquella virgen “de Bonaria” como su santa patrona, debido a que había protegido la vida de aquellos catalanes en medio de la tormenta. Es por eso que Nuestra Señora del Buen Ayre es representada en algunas imágenes con una embarcación en la mano derecha en lugar de la candela.
Llegamos, pues, al siglo XVI, época en la que Europa enviaba barcos a descubrir tierras allende los mares. Una de esas expediciones estuvo dirigida por el adelantado don Pedro de Mendoza, quien navegó hacia el sur, siguiendo la ruta de quien descubriera el Río de la Plata, don Juan Díaz de Solís. Con él venían algunos sacerdotes mercedarios del convento de Sevilla, uno de los cuales tenía particular llegada al enviado del Rey Carlos I de España (nieto de los Reyes Católicos). Probablemente, fray Justo de Zalazar fuera confesor del marino, y tal vez haya influido en la decisión de que si la larga travesía llegaba a destino, se homenajeara a la virgen patrona de los navegantes.
Arribado a nuestras costas a principios de 1536 (con 14 navíos, 1500 hombres y unas pocas mujeres, según el historiador Felipe Pigna), fundó en la zona del actual Parque Lezama (al menos allí ubican los estudiosos el lugar, a pesar de la poca documentación existente) el primer asentamiento, un fuerte bastante pobre, y el puerto al que bautizó “Santa María de los Buenos Ayres”.
Don Pedro de Mendoza falleció un año después de regreso a España a causa de la sífilis, y su obra en nuestras tierras no fue acompañada por la buena fortuna, pues el hambre y el constante asedio de los habitantes naturales de la zona terminaron por extinguir la empresa hacia 1541.
Décadas más tarde, en 1580, llegaría a estas costas don Juan de Garay, quien fundara un nuevo asentamiento, esta vez dos kilómetros más al norte que donde lo había hecho Mendoza (actual Plaza de Mayo), y al que bautizara Ciudad de la Santísima Trinidad. Garay respetó para su puerto el nombre elegido por su predecesor, “Santa María de los Buenos Aires”.
Con el paso del tiempo, la ciudad fue modificando su denominación, aunque siempre fue una sola con el nombre del puerto (“la muy noble y muy leal Ciudad de la Trinidad, puerto de Santa María de los Buenos Aires, por ejemplo). Y poco a poco, la estratégica importancia que iría adquiriendo el puerto en la economía, llevaría a que fuese más renombrado que el caserío que lo circundaba, e informalmente ocupando su lugar.
De esta forma, casi de manera natural, como aquella caja que llegó a las costas de Cagliari, el nombre de Buenos Aires fue imperceptiblemente ganando su lugar, e imponiéndose con fuerza hasta convertirse oficialmente en el nombre de la ciudad, que luego tendría otras batallas, políticas, hasta llegar a ser la capital de la República Argentina (ley 1029, 20 de septiembre de 1880).

viernes, 6 de junio de 2014

El héroe olvidado

"La Batalla de Maipú", de Juan Mauricio Rugendas (c. 1837).

Desde que somos chicos, nos enseñan en la escuela las proezas de nuestros antepasados que lucharon y dieron sus vidas por la construcción de la nación. Muchas veces los hechos han sido “adaptados” con la intención de que generen admiración en quien llega a ellos. Al menos ésta era la política que se seguía a finales del siglo XIX, pues había que conseguir que los inmigrantes sintieran orgullo del país que habían elegido para continuar sus vidas.

Muchos de estos sucesos han llegado a nuestros días a pesar del revisionismo al que los han sometido los distintos gobiernos, y muchos otros (imposible saber cuántos) han quedado en el olvido… En estos días, he tenido acceso a uno de los hechos que se perdieron en la niebla del tiempo, y me pareció una historia digna de destacar en este espacio.

Bajo el título “El sargento Vasconcelos - Episodio de la Batalla de Maipú, el 5 de abril de 1818” se publica en “La Revista de Buenos Aires” un texto de Gerónimo Espejo, en el que relata una historia que bien podría haber inspirado una película de Hollywood, de ésas en las que el héroe, moribundo,  pelea solo contra el mundo, y gana.

El soldado en cuestión se llamaba Francisco de Borja Vasconcelos (1797-1864), un sanjuanino que a los 20 años se vio enfrentado a la muerte, y logró sortearla con éxito. El hecho sucedió en territorio chileno (los cerrillos de Maipo) durante la Batalla de Maipú, hito fundamental en la búsqueda de la independencia de Chile.

Dicho esto, cuenta Espejo lo siguiente:

En seguida de la batalla de Maipú, como acontece siempre en todo ejército después de un gran suceso de armas, corrían innumerables episodios y moralejas de ese día memorable. Entre ellos había oído referir uno de los poco comunes, aunque muy factible —que se decía ocurrido entre un sargento Vasconcelos del batallón número 1 de Cazadores de los Andes, u unos cuantos heridos realistas sobre el mismo campo de batalla.

Se decía —que habiendo sido herido en la cara el sargento Vasconcelos en la segunda carga que desalojó el ala derecha enemiga de la fuerte posición que había tomado, el capitán de su compañía le había ordenado marchase a retaguardia a hacerse curar en el hospital de sangre; y que al cruzar el campo donde acababan de combatir, se levantaron unos cuantos españoles heridos de los que habían caído, aunque no de tanta gravedad que no pudieron tenerse en pie, al ver solo a aquel insurgente (epíteto con que los realistas apostrofaban a los guerreros de la independencia) y sin que hubiese alguno de sus compañeros que lo auxiliara, lo atacaron cuatro o cinco, unos de aquí y otros de acullá, dominados de esa iracundia vengativa y sanguinaria en que ardían por esos tiempos los españoles, aun contra los más inofensivos americanos. Pero Vasconcelos siendo de más coraje de hombre a hombre, más ágil, más sereno y acaso más diestro en las armas, sin darles tiempo a reunirse, fue despachándolos con la noticia a la eternidad uno tras otros.

Confieso que en los primeros momentos tuve por exagerado este cuento, por su tamaño y singularidad; pero haciéndome una fuerte impresión, me propuse pedir detalles a algunos oficiales amigos del mismo batallón de Cazadores, a quienes suponía mejor informados y en posesión de pormenores que no se referían. En efecto, en las ocasiones que me vi con el capitán Martel, con el teniente Zuloaga y Zorrilla, y en particular en las diversas veces que por turno me tocaba la visita de hospital a los heridos de mi cuerpo, los oficiales de dicho batallón que acudían con el mismo objeto, me aseguraban unánimes la realidad del hecho. Me enseñaron al sargento tendido en su cama, añadiendo algunos pormenores que daban al suceso mucha verosimilitud. Quedé persuadido por entonces del hecho desde que lo confirmaban con repetición tantos amigos y compañeros dignos de crédito, aunque no sin dejarme todavía alguna duda, por falta quizá de algunas minuciosidades que acabasen de persuadirme. Empero a la vuelta de cuarenta y tres años de ese acontecimiento, y cuando tan largo transcurso apenas dejaba un recuerdo con uso de él, una casualidad vino a ofrecerme la ocasión de satisfacer mi deseo de tan lejano entonces, y de recoger los pormenores de la misma fuente.

Se presentó en la ciudad de Paraná en diciembre de 1861, por asuntos personales, el teniente coronel de Infantería don Francisco de Borja Vasconcelos, natural de la ciudad de San Juan, la misma persona que como sargento he citado más arriba, y que yo había conocido en el hospital días después de la batalla de Maipú. Después de darnos a conocer mutuamente, recordando una vez las campañas del Ejército de los Andes y los diversos incidentes y peripecias, en especial del suceso que le era personal, le manifesté el vivo deseo que había tenido y en presencia me renovaba, de oírselo referir. Él mostrándose deferente, se ofreció a dedicar un día para darme las explicaciones que yo deseara. Llegado este día, me dijo —Que fue positivo el lance referido. Que su vida estuvo en mucho riesgo el día de la batalla, y que no extrañaba que yo hubiese puesto en duda su veracidad, cuando en su propio batallón hubo muchos a quienes sucedió lo mismo. La causa que dio motivo a ello fue haber recibido su herida en la boca, rompiéndole ambas mandíbulas y destruido toda la dentadura, lo que privó del uso de la palabra, por cuyo motivo los pocos detalles que entonces pudo dar por escrito fueron lacónicos y diminutos porque la fiebre y el tormento que sufría en la cabeza no le daban lugar a más. A los cincuenta o setenta días después de la herida, declinó su gravedad y recobró algunas fuerzas pudiendo alimentarse con menos dificultad que al principio, entonces le fue posible escribir sin tanta molestia y dar una idea algo más extensa del acontecimiento, pues por más de cinco meses estuvo haciéndose entender por señas como mudo, o escribiendo algunos renglones cuando no conseguía hacerse comprender. El hecho, en fin, sucedió como pasa a referirlo.

“Habiendo el general San Martín mandado al general Alvarado (teniente coronel, entonces), jefe de la división de Infantería del ala izquierda, que con los Batallones núm. 1º de Cazadores y núm. 8, tomase una colina o posición elevada que tenía a su frente, los realistas con igual designio habían destacado, según cree, al Regimiento de Burgos encubierto por la misma altura. Por la localidad y formación en que estaban los Batallones 1º y 8, a este le tocaba posesionarse de la cima; pero, tanto el núm. 8 cuanto los realistas vinieron a saber que hacían la misma maniobra de una y otra parte, cuando se avistaron de improviso frente a frente en la cúspide de la colina. Sea que los españoles fuesen más aguerridos, con mejor disciplina, o que su jefe fuese más perspicaz, el hecho fue, que hicieron una descarga sobre el núm. 8 a quemarropa, que le echó a tierra una gran parte de la compañía de Granaderos y tuvo que retroceder. El núm. 1º de Cazadores que marchaba a su izquierda, aunque rompió sus fuegos para protegerlo y ver si restablecía el combate, fue abrasado de igual modo por los fuegos de los españoles, y también se vio obligado a alejarse de la posición. El enemigo inmediatamente estableció una batería de cuatro piezas de artillería, que rompiendo un fuego abrasador a metralla sobre la división que se retiraba, protegía al mismo tiempo la persecución que hacía al núm. 8 desde la altura hasta el bajo, para sacar todo el fruto de la ventaja conseguida. Mas el general San Martín que observaba esta escena, y que probablemente se persuadió más de la importancia de la posición por el empeño que el enemigo ponía en sostenerla, mandó a carrera los Batallones núm. 1º, 3 e Infantes de la Patria (perteneciente al Ejército de Chile y formaban parte de la división de Reserva) a proteger al núm. 8 y 1º de Cazadores de los Andes, que a la sazón se rehacían para volver al ataque, lo cual visto por el enemigo, contuvo su marcha y aun retrocedió a la altura. El coronel Freire que mandaba la caballería de la misma ala, al ver el rechazo que la división Alvarado había sufrido, emprendió una carga sobre una columna de la propia arma que tenía a su frente, para equilibrar el combate amagando al mismo tiempo flanco de la Infantería realista, y teniendo la fortuna de lograr su golpe, hizo perder su posición en derrota a los Lanceros del Rey. El comandante Alvarado que a esta sazón ya había reorganizado los dos batallones de su división, y veía acercarse el refuerzo de la reserva, proclamó la tropa exhortándola a un nuevo esfuerzo de coraje, terminando con las palabras ‘¡Soldados! ¡Vamos a triunfar’. En efecto, la tropa respondió con un grito entusiasta de ‘Viva la patria’, y ambos cuerpos volvieron sobre el enemigo con la mayor serenidad, arma al brazo, a son de música. Fue tal la embestida que se le dio que no pudieron resistirla, se desordenó, volvió caras, y nuestra división se posesionó de la altura y de la artillería. Los españoles a su turno fueron perseguidos por la espalda en cuesta abajo por los Batallones núm. 8 y Cazadores, sufriendo igual o mayor destrozo que el que ellos habían causado a nuestras filas poco antes. Aunque reforzados por un cuerpo de su reserva que unidos hacían esfuerzos por recuperar la posición perdida, no sólo no lo lograron, sino que, a bala y bayoneta se les hizo retroceder y aun se les desalojó de la segunda colina en que pensaron hacer pie firme: en este segundo ataque fue que Vasconcelos recibió su herida en la boca, y su capitán le mandó al hospital de sangre a retaguardia, diciéndoles, que fuese a reunirse a los otros heridos que se habían despachado de la posición que acababan de dejar. Vasconcelos dice, que se vendó su herida con dos pañuelos que llevaba, y echando al hombro su fusil que tenía cargado, se puso en marcha a buscar el hospital, cruzando el campo que estaba sembrado de cadáveres y heridos. Se había alejado ya como tres a cuatro cuadras a retaguardia de la línea, cuando de improviso se levantó uno de los realistas que habían caído heridos pocos minutos antes, sin la menor duda de esos acérrimos empecinados por su rey, a atacar a Vasconcelos que pasaba solo; a los improperios de furiosa rabia que vomitaba aquel español, se enderezaron otros y otros, hasta cinco sucesivamente de aquí y de más allá, al ver a un insurgente caminar mudo, bañado el pecho y la cara en sangre, e indefenso; porque no se veía en su alrededor ninguno que pudiera socorrerlo. Vasconcelos viéndose en tan supremo conflicto y considerando que iba a ser víctima indefectible de aquellos furiosos desalmados cuyos insultos le daban la medida de su saña, se resignó a su fuerte, al reflexionar que no le quedaba otra alternativa que morir matando (1). Hecha esta resolución se echó el fusil a la cara poniéndole los puntos al que se le acercaba con más ahínco, él disparó el tiro y tuvo la fortuna de voltearlo: echó mano incontinenti a otro cartucho, porque ya venía otro acercándose a acometerlo, que presumió que traía su fusil descargando porque venía calando bayoneta; más calculando que por venir tan inmediato no le daría tiempo para sacar la baqueta y atacar el tiro, puso el cartucho al cañón, dio un golpe en el suelo con la culata, echó el fusil a la cara, le disparó el tiro y lo volteó, todo fue obra de muy pocos instantes; pero observando que los otros tres no se arredraban ni por haber visto caer a dos de sus compañeros, y calculando que por estar ya tan cerca no le alcanzaría el tiempo para cargar de nuevo y voltear otro si podía; encontrándose rodeado y sin más arbitrio que pelear cuerpo a cuerpo, tomó el fusil con la mano izquierda para que le sirviese como de escudo, y con la derecha echó mano a su puñal que llevaba a la cintura. A los primeros golpes dice, que ya conoció la poca destreza de sus competidores en el arma blanca, o porque sus heridas no les permitiesen mayor desenvoltura, pero el hecho fue que estas ventajas dieron a Vasconcelos nuevo aliento y entereza a sus fuerzas, y poco después a favor de un salto súbito que dio sobre uno de ellos, consiguió acertarle la cuchillada que le abrió el vientre y lo volteó, mientras que los otros dos lo acosaban a bayonetazos. Este tan desventajoso combate y agitación habían debilitado tanto sus fuerzas, que hubo momentos en que desesperaba de su suerte; pero al considerar que un nuevo esfuerzo podía conservarle la vida, sacó fuerzas de flaquezas y acometió al que le ofrecía más ventajas por su falta de agilidad, y parándole un bayonetazo con el fusil que tenía en la mano izquierda, le acertó una puñalada con la derecha que lo tendió en tierra, y entonces arremetió al quinto con la resolución de dar fin a tan fatigosa escena con su vida o con su triunfo. Mas aunque el español era valiente y ágil, parece que la Providencia lo disponía de otro modo. En esos momentos se avistó una partida de quince o veinte milicianos de Aconcagua que pasaban a galope por aquel paraje, y este auxilio estimuló su ánimo y concluyó con el último de sus asesinos. En esto llegó la partida que lo reconoció como soldado de la patria por su uniforme, y dándose a entender por señas con el oficial, tanto de su estado cuanto del lance que acababa de tener lugar, el oficial lo hizo montar en el caballo de uno de sus soldados y que lo acompañasen dos hasta el hospital, en precaución de otro encuentro semejante o de cualquier caso imprevisto.”

Sello postal por el 150° aniversario de la Batalla de Maipú.
La imagen elegida es el  cuadro del artista chileno Pedro Subercaseaux Errázuriz:
"El abrazo de Maipú" (1904).
Estos son los detalles del suceso que le aconteció en la Batalla de Maipú y de que yo le pedía pormenores.

Por conclusión, réstame sólo declarar que yo no he sido testigo presencial de los movimientos militares y pormenores del suceso personal que abarca esta relación, por cuanto ellos tuvieron lugar en la extrema izquierda de la línea del ejército de la patria, y yo me encontraba con el Cuerpo de Artillería a que pertenecía, formando el 5º Escuadrón maniobrero del Regimiento de Granaderos a Caballo, que como de caballería era la división que ocupaba la extrema derecha. Debiendo agregar en obsequio de la verdad histórica, que siendo la precedente relación tan verosímil como conforme a las referencias que de boca en boca se transmitían entre la oficialidad del ejército en los días subsiguientes a esa victoria de eterna recordación, y lo que es aun más, de una perfecta semejanza a los diversos conceptos del parte detallado en que el general San Martín describe esa espléndida función de la guerra de la independencia, yo por mi parte no he trepidado en aceptarla con toda la veracidad que merece. (2)

Nada dice Espejo sobre lo que sucedió entre la Batalla de Maipú y su encuentro con Vasconcelos en Paraná… En líneas generales, el soldado siguió su carrera militar, en la que fue alcanzando grados superiores por sus méritos en los distintos campos de batalla, y llegó a luchar en el ejército de Facundo Quiroga.

Lo relatado pudo haber sucedido… o no. La hazaña puede estar exagerada… o no. Pero es, sin lugar a dudas, una verdadera curiosidad, perdida en el tiempo… tal vez de las tantas que debieron suceder a lo largo de los más de 200 años de historia argentina, y que jamás conoceremos.

Notas:
(1) “Los escuadrones de la escolta y cazadores a caballo al mando del bravo coronel Freire cargaron igualmente, y a su turno fueron cargados en ataques sucesivos. No es posible, señor Exmo., dar una idea de las acciones brillantes y distinguidas de este día, tanto de cuerpos enteros, como jefes e individuos en particular; pero si puede decirse que con dificultad se ha visto un ataque más bravo, más rápido y más sostenido: también puede asegurarse, que jamás se vio una resistencia más vigorosa, más firme, ni más tenaz. La constancia de nuestros soldados y sus esfuerzos, vencieron al fin, y la posición fue tomada regándola en sangre y arrojando de ella al enemigo a fuerza de bayonetazos” (período del parte detallado del general San Martín al Supremo Director de las Provincias Unidas, publicado en La Gaceta de Buenos Aires Nº 67, del miércoles 22 de abril de 1818).

(2) LA REVISTA DE BUENOS AIRES - Historia americana, literatura y derecho, año 1, nº 4, agosto de 1863, págs. 543 a 550.

sábado, 15 de marzo de 2014

La profecía del 15 de marzo...

"Muerte de Julio César" de Vincenzo Camuccini (1798).
“Teme a los idus de marzo…”, pone William Shakespeare en boca del sacerdote agorero que intenta prevenir a Cayo Julio César del peligro que lo acechaba.
Para los romanos, los “idus” eran los días 13 de cada mes, excepto para marzo, mayo, julio y octubre que eran los días 15. Y quizás el idus más conocido sea el del mes dedicado al dios Marte (patrono de la guerra) que era el de marzo (Martius). Comúnmente, los idus eran vividos como jornadas de buenas noticias. Tal vez por eso, los idus de marzo del año 44 antes de Cristo quedaron signados por el horror, pues durante la mañana de ese día se produjo en Roma un magnicidio.
Según cuenta Plutarco, el César fue advertido por algunas personas, pero él desoyó las recomendaciones. Relatan las fuentes (históricas y literarias) que cuando el emperador iba camino a la reunión con los senadores, se cruzó con el sacerdote que le había advertido días antes sobre el futuro sombrío que avizoraba para él, y que Julio César lo increpó: “Los idus de marzo ya han llegado, y sigo vivo”. A lo que el adivino le respondió: “Es verdad, ya han llegado; pero aún no han terminado”.
En las escalinatas de la Curia fue interceptado por otra persona que le entregó un pergamino que, cuentan, contenía el listado de complotados… Julio César lo tomó en sus manos, e hizo oídos sordos al ruego del hombre que le advertía que lo leyera antes de que ingresara. Probablemente, toda esta situación se había visto fogoneada por el hecho de que el emperador había disuelto su guardia mientras permaneciera en Roma, pues no veía conveniente que los ciudadanos lo viesen caminar por la ciudad custodiado de su propia gente.
Una vez dentro de la Curia, durante la reunión, Tilio Cimber se acercó lo suficiente al César y lo tomó con fuerza de la toga. El emperador, sorprendido, le gritó: “¡¿Qué violencia es esta?!” (“¿Ista quidem vis est?”). Acto seguido, la mano de Casca, que empuñaba una daga, cayó sobre César, quien sintió el frío metal sobre el cuello. El senador atacante gritó a sus compañeros para que lo ayudaran, mientras César intentaba mantenerse en pie, entre el dolor y la sorpresa. Casi inmediatamente, 60 senadores se abalanzaron sobre el emperador, quien intentaba luchar cada vez más infructuosamente, por razones obvias. El cuerpo del César recibió 23 puñaladas. Suetonio cuenta que, ya en el piso, alcanzó a ver a Bruto (hijo de su amante y a quien quería como si fuera su progenitor), y le balbuceó: “¿Tu también, Bruto, hijo mío?” (“¿Tu quoque, Brute, filii mi?”). Sin embargo, suena más racional y humano que el emperador no haya podido decir palabra (como sostiene Plutarco), y eso no sea más que parte de la ingeniería que luego de la muerte de un líder se pone en marcha para erigirlo en héroe. Nos sobran ejemplos de estadistas de todas las latitudes a los que, a la hora de morir, se les han ocurrido frases elocuentes, con tanta suerte como para que haya testigos que las anoten.
La crónica de aquellos idus de marzo de hace 2058 años señalan que, casi inmediatamente luego del “cesaricidio”, los asesinos huyeron del recinto para anunciar por las calles que el emperador había muerto (y para sortear cualquier represalia, claro está), dejando el cuerpo de uno de los hombres más poderosos de la Antigüedad, ultrajado y en la más absoluta soledad, hundido en su propia sangre.
Mucho mito, algo de realidad, y las premoniciones desoídas sobre los idus de marzo, que han llegado hasta nuestros días con el fin de advertirnos (de manera casi críptica) sobre aquellos que nos rodean… Aunque no se trata de temer, sino de estar atentos.

miércoles, 13 de marzo de 2013

¿Quo nomine vis vocari?... Vocabor Franciscus...

Presentación en la web del Vaticano del nuevo Papa.
Y la fumata fue blanca... Luego de un par de días de votaciones, el Colegio Cardinalicio se puso de acuerdo, y entronizó como cabeza de la Iglesia Católica al cardenal argentino Monseñor Jorge Bergoglio.
Como es costumbre, el elegido cambió su nombre secular, y optó por "Franciscus" (por protocolo, oficialmente el nombre del papa se inscribe en latín). El cambio de apelativo tiene una razón, la "despersonalización" de quien hasta ese momento era un hombre al servicio de su congregación, para transformarse en el sucesor de san Pedro, el representante de Dios en la tierra... todo un simbolismo.
Algunos indican que la medida tiene su raíz en que, según la Biblia, Dios le cambió el nombre a Shimon, cuando le encomendó la tarea de congregar fieles con las palabras "tu eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia". No obstante, las crónicas señalan que los papas solían mantener en los primeros siglos sus nombres de pila.
El primero en repetir un apelativo (por casualidad del bautismo) fue Sixto II, quien tomara las riendas de la Iglesia en el año 257. Algunos elegidos decidieron modificar sus nombres adrede, dado que los mísmos hacían referencia a dioses paganos, como fue el caso de Mercurius, un romano ungido pontífice en el año 533. Cinco papas, a su turno, lo imitaron en esta elección personal.
Fue a partir del 996 que esta práctica se torna costumbre, en ese año, Bruno de Carintia adopta el apelativo "Gregorio V".
Entre las elecciones de nombres, hay algunos que destacan por la preferencia y otros que no se han reiterado nunca. Así, por ejemplo, la Iglesia ha sido conducida sólo una vez por un Hilario (461-468); un Símmaco (498-514); un Sabiniano (604-606), entre otros con apelativos al menos muy llamativos en la actualidad.
Por otra parte, el ranking de los preferidos lo encabeza, por lejos, Juan (23 veces). Le siguen: Gregorio y Benedicto (16 veces), Clemente (14); León e Inocencio (13), y Pío (12), entre los más populares.
El primer cardenal en adoptar un nombre compuesto fue Albino Luciani quien en 1978 pidió llamarse Juan Pablo (en honor a sus antecesores inmediatos Juan XXIII y Pablo VI). Como era la primera vez que se utilizaba, no llevaba número, pues era el único pontífice en la historia en llamarse así. Todo cambió cuando muere 33 días luego de ser ungido papa, y su sucesor elige también Juan Pablo como apelativo, comenzando a ser diferenciados como I y II, respectivamente.
Esa es la razón de por qué Bergoglio es sólo Francisco, y no Francisco I, como se lo está nombrando en la prensa.
Es de suponer que la elección del nombre realizada por el cardenal argentino se deba a san Francisco de Asís. En caso de ser ésta la razón, sería un mensaje simbólico (de austeridad) sobre el rumbo que le impondrá a su pontificado. Nada mal para una institución religiosa que atraviesa una de sus peores crisis de los últimos siglos, y necesita un cambio urgente.
Sic Deus audivet Franciscus...

lunes, 11 de marzo de 2013

El Cónclave más largo de la historia


En las próximas horas se iniciará el Cónclave que elegirá al próximo sumo pontífice, cabeza de la Iglesia Católica.
Según puede leerse en la prensa, parece estar todo milimétricamente organizado, y hasta se supone que no existirá Sede Vacante más allá del próximo fin de semana. Sin embargo, no siempre fue así.
Tras la muerte de Clemente IV en 1268, los encargados de elegir a su sucesor se reunieron en el Palacio Episcopal de Viterbo. Las internas y las luchas políticas (principalmente entre Francia y algunos reinos italianos, y las propias intestinas del catolicismo) convertirían a esta elección en la más larga de la historia… duró 34 meses.
En aquella época, los encargados de votar no tenían obligación de recluirse durante el período de elección. Fue al ver que el tiempo pasaba y no se llegaba a una decisión, que los magistrados de la ciudad encerraron a los cardenales para evitar que se distrajeran con otras tareas. Y a partir de ese momento, sería una práctica habitual que le terminaría dando nombre a las reuniones de cardenales: cónclave (del latín “con llave”).
Pero esta medida tampoco surtió efecto, y pasados unos meses los magistrados fueron por más: le destrozaron el techo al recinto del palacio episcopal donde se encontraban los sacerdotes, para que las inclemencias del tiempo aportaran la premura que les faltaba, y por si fuera poco, les racionaron los alimentos. Paralelamente, los reyes de Sicilia y Francia llegaron a un acuerdo por el que se decidió que el número de electores debía reducirse aun más (ya tres habían muerto por causas naturales durante esos años), entonces los cardenales reunidos designaron a seis representantes que serían los encargados de elegir al nuevo pontífice.
Gregorio X.
Al fin, el 1 de septiembre de 1271 se designa a Teobaldo Visconti como nuevo Papa (el 184°)… lo curioso es que Visconti era arcediano de Lieja. Sí, tres años reunidos y el elegido ni siquiera era sacerdote, pues un arcediano es un ministro de la iglesia de grado segundo en dignidad, inmediato al sacerdocio. Visconti se encontraba en Oriente (en la actual ciudad de Acre) participando de una peregrinación a Tierra Santa, por lo que llegó a Viterbo recién en febrero de 1272. Tuvo que ser ordenado sacerdote, y aceptó la dignidad de cabeza de la Iglesia con el nombre de Gregorio X.
Durante su papado (1272-1276), logró una efímera unión entre la iglesia de Oriente y Occidente, mediante el II Concilio de Lyon.
Este “cónclave” fue el puntapié inicial a las regulaciones que se fueron imponiendo hasta nuestros días para elegir al sucesor de san Pedro, con el fin de evitar dilaciones como las de aquella elección en la Edad Media.




jueves, 29 de noviembre de 2012

90 años de reinado desde el más allá...


Tutankamón es sin lugar a dudas el faraón más conocido de la historia de Egipto, y sin embargo, su vida no fue relevante desde el punto de vista político ni tampoco en lo que hace a infraestructura de obra. Sí hay que reconocerle que fue parte de la recuperación del antiguo panteón religioso que el faraón Akenatón enterrara cuando decidió cambiar el culto a Amón por el de Atón.
Probablemente, este joven rey de Egipto no tuviera tiempo de desarrollar políticas de Estado significativas debido a su corta edad (se hizo cargo del gobierno a los 8/10 años de vida, y murió antes de los 20 años).
La razón por la que hoy en día es el faraón más reconocido cumple este mes 90 años: se trata del descubrimiento de su tumba, ocurrida el 4 de noviembre de 1922. En esa fecha, la expedición comandada por el inglés Howard Carter y financiada por Lord George Herbert, quinto conde de Carnarvon (conocido como Lord Carnarvon), cuando ya se daba por vencida, realiza un descubrimiento que abriría un nuevo camino en la historia de la egiptología y de la arqueología en general.
Dicen que fue un niño que había en la excavación el que dio cuenta de una grieta extraña en la piedra, y que a partir de ese momento, el trabajo de investigación se revitalizó, al punto de que veinte días más tarde estaban realizando el anuncio que asombraría al mundo.
Según la egiptóloga británica Joyce Tyldesley, el hallazgo tuvo gran repercusión debido a que “el mundo se recuperaba de la Gran Guerra y la devastadora epidemia de gripe que la siguió. Eso llevó a un gran interés por la religión y la vida espiritual, que de alguna manera se transfirió a Tutankamón. Al mismo tiempo fue la primera expedición que se llevó a cabo frente a los ojos de los medios de comunicación: era posible saber lo que ocurría en el Valle de los Reyes casi al mismo tiempo que se iban produciendo los hallazgos en la tumba” (diario El País, España, 2/11/12).
Más allá de esto, que es muy significativo, el descubrimiento de una tumba egipcia intacta fue lo que marcó la gran diferencia. Por alguna razón, la eterna morada del joven faraón logró pasar inadvertida para los saqueadores de tumbas que solían hacer oídos sordos a las maldiciones que se estilaba esculpir en la piedra para quienes osaran interrumpir la paz del gobernante muerto, y vaciaban los sepulcros sin ningún tipo de miramiento.
Ha pasado a la historia la frase de Carter al asomarse por primera vez a ese mundo enterrado por miles de años: “Veo cosas maravillosas”… y sin duda lo eran. La tumba contenía toda clase de objetos que habían pertenecido al joven gobernante, y todos ellos valiosos.
Y si bien el hallazgo de los tesoros completos del faraón son el principal motivo de que el nombre de Tutankamón entrara en la historia de la arqueología por la puerta grande, las mencionadas maldiciones hicieron lo propio para el mundo de la literatura y el cine, y convirtieron al rey y a toda su antigua cultura en fuente inagotable de recursos que multiplicaron su nombre hasta el infinito. Las muertes que sucedieron luego del descubrimiento de la mastaba en el Valle de los Reyes abonaron con fuerza las teorías esotéricas.
Tutankamón tuvo un corto mandato en vida, pero tal vez como premio por restablecer el culto a Amón, los dioses lo premiaron con un reinado más allá de la muerte, que ya lleva 90 años y, al parecer, no pierde vigencia.

Foto: www.historiayarqueologia.com

domingo, 1 de mayo de 2011

El día del trabajador

La Revolución Industrial es, sin lugar a dudas, un hecho "bisagra", en el desarrollo de la humanidad, pues modificó para siempre su rumbo. A ella le debemos la aceleración de los avances económicos y tecnológicos, y también el endurecimiento de las condiciones laborales. Tangencialmente, esta última situación llevó, a su vez, a la formulación de nuevas ideas políticas, algunas de las cuales serían protagonistas durante casi todo el siglo XX (anarquismo, marxismo, comunismo, socialismo, etc.).
Por aquella época, los trabajadores dedicaban 16 horas al día a su jornada laboral. En la década de 1820, muchos obreros europeos y norteamericanos comenzaron a plantearse la injusticia que constituía esta especie de “no vida” que debían llevar. Con el paso de los años, y amparados en las nuevas corrientes políticas, y en la formación de sindicatos y uniones obreras, los trabajadores fueron concretando pequeños avances y ganando algunos derechos.
En 1868, el presidente de los EE.UU., Andrew Johnson, dictó la Ley Ingersoll, que establecía la jornada de 8 horas para los empleados de las oficinas federales y para quienes se dedicaban a las obras públicas.
En el ámbito privado, la ley no hizo mella. En 1884, más de una década y media más tarde, la American Federation of Labor dictaminó la obligación de llevar a 8 horas la jornada de trabajo.
Como la decisión no fue acatada por patrones y empresarios, en 1886 los trabajadores llamaron a una huelga general por tiempo indeterminado, y fijaron como fecha de inicio el 1 de mayo. La orden del día era precisa: “¡A partir de hoy, ningún obrero debe trabajar más de 8 horas por día! ¡8 horas de trabajo! ¡8 horas de reposo! ¡8 horas de recreación!”. Se declararon, pues, 5.000 huelgas, y 340.000 obreros dejaron las fábricas, ganaron las calles para expresar sus demandas.
Al cuarto día de huelga, mientras se llevaba a cabo un acto en Chicago, estalló un explosivo, y la policía -que se hallaba en estado de alerta por el accionar de los anarquistas- emprendió una brutal represión. Se produjo un enfrentamiento que terminó con un saldo de 38 obreros y 6 policías muertos. La autoridad comenzó una “investigación”, para la cual realizó razzias e interrogatorios bajo tortura.
El procedimiento terminó con el arresto de los dirigentes socialistas y anarquistas August Spies, Albert Parsons, Adolf Fischer, George Engel, Louis Lingg, Samuel Fielden, Michael Schwab y Oscar W. Neebe, a quienes se acusaba por “conspiración de homicidio” (debido a la muerte del policía Mathias Degan, alcanzado por la bomba), entre otros cargos.
A pesar de que el tribunal no logró probar nada en su contra, el 11 de noviembre de 1887 -un año y medio después de la gran huelga por las 8 horas-, Spies, Parsons, Fischer y Engel fueron ahorcados en la cárcel de Chicago. Otro de ellos, Lingg, se había suicidado el día anterior.
La pena de Fielden y Schwab fue conmutada por la de cadena perpetua, y Neebe fue condenado a quince años de trabajos forzados.
Cuando Spies, Parsons, Fischer y Engel fueron colgados, la indignación popular no pudo contenerse, y se produjeron manifestaciones en las principales ciudades del mundo. Fue en ese momento que se estableció al 1 de mayo como el “Día Internacional de los Trabajadores”, conmemorando exactamente el inicio de la huelga por las 8 horas de jornada laboral, y no su trágico desenlace.
En nuestro país, recién el 12 de septiembre de 1929 se sanciona la ley 11.544, que fija la jornada laboral para trabajadores "por cuenta ajena en explotaciones públicas y privadas" en 8 horas (o 48 semanales). La norma no incluía, casualmente, a quienes realizaban trabajos "agrícolas, ganaderos o de servicio doméstico", algo que tal vez no debería sorprender si se tiene en cuenta que hablamos de una Argentina agroexportadora, donde la fuerza económica residía en el campo y eran quienes más empleados domésticos tenían.
El trabajador agrario tuvo que esperar hasta el 8 de octubre de 1944, para que el gobierno de Edelmiro Farrell (a instancias del secretario de Trabajo y Previsión Social, coronel Juan Perón) firmara el decreto ley 28.160/44, conocido como el "Estatuto del Peón". Mientras que los empleados domésticos debieron esperar hasta que en el gobierno de Pedro Aramburu se firmara su estatuto laboral (decreto ley 326/56).
Afortunadamente, a lo largo del siglo pasado, los trabajadores no sólo alcanzaron el reconocimiento como tales, sino que además fueron obteniendo nuevas conquistas, como el descanso dominical, el derecho a una indemnización en caso de despido, etcétera.
Sin embargo, aún hoy, en pleno siglo XXI, en la Argentina (paraíso de los sindicalistas ricos y los trabajadores pobres) hay quienes desarrollan labores en condiciones de esclavitud, denigrantes para la condición humana, e imposibles de soportar en un país desarrollado, tal como sucedía hace doscientos años. Hemos recorrido un largo camino, falta mucho más por recorrer... 
Antonio Berni, "Pan y trabajo"

domingo, 31 de octubre de 2010

La Noche de Brujas: historia y simbología más difundida

Ajeno a nuestras tradiciones, el festejo de la Noche de Brujas se viene desarrollando por estas tierras desde hace aproximadamente unas dos décadas. No obstante, es una costumbre que aún no ha logrado saltar los límites de la publicidad y la organización de fiestas en discos.
Los origenes de lo que hoy se ha transformado en una gran fiesta de disfraces globalizada distan de ser festivos, y se remontan unos 2.500 años en la historia. Para la tradición celta, el fin de año (Samhain) llegaba justo al final del verano (hacia el 31 de octubre), y coincidía con el fin de época de cosechas. Además, tal vez como una analogía de que el invierno les traería muchas dificultades, creían que esa noche los muertos volvían en busca de un cuerpo en el cual revivir. Es por esa razón que este pueblo pasaba esa noche a oscuras (para no llamar la atención de los espíritus) y "camuflados" con pieles (para que, en caso de ser encontrados, estos espíritus siguieran de largo al confundirlos con animales).
Como suele suceder cuando hay fusión de culturas, la conquista de la isla de Gran Bretaña por parte de los romanos hizo que éstos, poco a poco, comenzaran a celebrar esta tradición. En el siglo VII, el papa Bonifacio IV incorpora esta tradición al calendario oficial católico, pero en homenaje a todos los difuntos, el día 1 de noviembre.
Con el tiempo, vendría la denominación que hoy conocemos. Es sabido que el nombre "halloween" deriva de "all hallows eve" que significa lisa y llanamente "vísperas de todos los espíritus" (que deviene de "all hallows day" o "día de todos los espíritus").
La simbología
Halloween es una mezcla de tradiciones. Los disfraces son un derivado de las pieles con las que se camuflaban los antiguos celtas con el fin de pasar inadvertidos por los espíritus. La tradición moderna dicta que sólo se puede salir a la calle esta noche disfrazados con algo relacionado con la muerte, con el fin de engañar al espíritu que busca un cuerpo vivo para reencarnar.
Otro símbolo que ha tomado gran fama es el uso de la calabaza iluminada. Sin embargo, nada tiene que ver con el origen del mito, pues ya habíamos dicho que los antiguos celtas pasaban la noche a oscuras. Esta tradición deriva de otra leyenda celta que cuenta que un estafador irlandés se cruza en una taberna con el diablo, que intenta tomar su alma. Sin embargo, Jack (tal era el nombre) logra engañar al demonio en varias oportunidades, hasta que en la última le hace prometer que jamás se adueñaría de su alma. Conseguido el cometido, Jack sigue si vida hasta que, lógicamente, un día muere. En el cielo no es recibido por el tipo de vida que había llevado, y cuando va al infierno, tampoco puede permanecer allí dado que la promesa del diablo continuaba en pie. Es entonces que el demonio le ofrece un nabo ahuecado y pone allí un carbón infernal que jamás se apagará, para que vague por las tinieblas del "no mundo" eternamente. Cuando en 1845, una crisis económica de grandes proporciones expulsa a muchos irlandeses que viajan a Norteamérica en busca de un mejor futuro, cambian allí la tradición del nabo por la calabaza, pues al tener mayor tamaño, resulta más fácil de ahuecar para iluminarla. Cuando las dos costumbres se mezclan, la idea que se establece es que la calabaza protege la casa, pues si en cada una se coloca una calabaza iluminada en puertas y ventanas, se iluminaría el camino del espíritu para que continúe con su derrotero, sin ingresar en ningún hogar.
El "dulce o truco" también tiene un origen diferente al del Halloween. Se cuenta que en los siglos XVI y XVII se realizaba una persecusión sistemática contra los católicos. Eso llevó a que un grupo de católicos intentara matar al rey. Sin embargo, uno de ellos traicionó a sus compañeros (se dice que a fuerza de torturas) y todo el plan fue desbaratado. Cada aniversario de esa traición, grupos de luteranos paseaban por las calles inglesas con máscaras y se acercaban a las casas de los católicos en busca de algo de valor como una forma aterrorizarlos y chantajearlos por su silencio. Con el tiempo, esta costumbre (menos "simpática", por cierto) también se transformó y fue fagocitada por la festividad de Halloween.
La festividad como tal comenzó a tomar fuerzas en la década de 1920 en los Estados Unidos. Luego vendrían los programas de televisión y las películas de cine para proyectar la fiesta a todo el mundo. En nuestro país, recuerdo haber visto a fines de la década de 1980 las primeras publicidades de la marca Wrangler haciendo hincapié en la Noche de Brujas. La década menemista sería el momento propicio para que la fiesta se extendiera entre quienes querían vivir el Sueño Americano hasta en sus tradiciones... mientras otros vivían su propia película de terror, huyendo del desempleo y la miseria con más energía que la que pondrían para escarpar de Jason, Freddy Kruegger y demás monstruos del celuloide...

sábado, 23 de octubre de 2010

Conocer para hacer

No se puede gobernan con éxito si no se sabe a quiénes se gobierna. Para implementar las medidas de gobierno más acertadas, es condición sine qua non conocer las necesidades que atraviesa la población.
El primer censo en Buenos Aires lo llevó a cabo el virrey Juan José de Vertiz en 1778. Hay que tener en cuenta que la ciudad no existía con las dimensiones tal como la conocemos hoy. En ese año, la ciudad contaba con 24.754 habitantes.
Casi un siglo más tarde, y luego de varios conteos en distintas ciudades del interior, durante la presidencia de Domingo Faustino Sarmiento, se realizó el primer censo nacional.
Los argentinos eran por entonces 1.836.490, 71% de los cuales era analfabeto. Otros datos significativos son que el 75% de la población vivía en la pobreza, y que sólo el 5% era indígena...
A primera vista, este dato resulta llamativo, porque aún no se había llevado a cabo la campaña conocida como "conquista del desierto", que no era tan desierto si tenemos en cuenta que estaba habitado por sus pobladores originarios. Es más, creo que no se "conquista" un desierto, a lo sumo se lo "ocupa", pero ése es otro tema.
El porqué del porcentaje tan pequeño en la contabilización de los indígenas se responde cuando se explica que el censo "nacional" no tuvo en cuenta la zona de la patagonia ni la de las provincias de Formosa y Chaco, y parte de Santiago del Estero y norte de Santa Fe, territorios a los cuales se los calificó como "dominios indígenas".
Con los datos (parciales) en la mano, Sarmiento llevó a cabo su conocida política de fomento de la educación. Al finalizar su presidencia, 100.000 niños cursaban la escuela primaria.
Otro dato que resulta curioso es que sólo el 1% de la población era profesional. Si tenemos en cuenta que quienes gobernaban en aquella época eran los profesionales -según surge de las distintas biografías de los estadistas de fines del siglo XIX-, es fácil darse cuenta por qué se los denominaba "oligarquía" ("forma de gobierno en la cual el poder político es ejercido por un grupo minoritario" -definición del Diccionario de la RAE-). Con su política educativa, Sarmiento abriría las puertas a que cuatro décadas después gran cantidad de personas (ya educadas) aspiraran a cargos electivos, la ley Sáenz Peña (voto secreto, "universal" y obligatorio haría el resto).
Sin ningún lugar a dudas, el primer censo nacional tuvo la motivación de organizar las políticas de Estado en pos del bienestar de la población y el crecimiento del país. En 1960, se implementaría la obligación censal cada diez años, tan sólo como una muestra de la evolución de la sociedad en términos cuantitativos principalmente. En 2000, la crisis económica obligó a postergar un año la realización de la muestra por falta de fondos.
El censo realizado en 2001 arrojó un total de 36.260.130 habitantes. El siguiente cuadro muestra la evolución de la población (en cantidad) en los últimos 140 años:
En pocos días se llevará a cabo el décimo censo nacional, sin duda, otra oportunidad de conocer a fondo nuestra verdadera composición social. Bien utilizados, los datos que brinda un censo son la base sobre la que se deben estructurar las políticas de Estado de cara al futuro, tal como hizo Sarmiento. El censo poblacional en sí mismo no es una medida de gobierno desde el punto de vista partidista. El político que sepa leer las estadísticas será quien pueda capitalizar esos resultados. Los habitantes tenemos la obligación de responder la encuesta; los gobernantes, de hacer algo con esos datos que les proporcionamos.

domingo, 19 de septiembre de 2010

La Confitería Munich de Costanera Sur

Es sabido que a fines del siglo XIX y principios del XX, Mar del Plata era un lugar exclusivo donde la aristocracia viajaba de veraneo. Las otras clases sociales debían conformarse con las costas del Río de la Plata, que -justo es decirlo- no estaban contaminadas. En 1916, asume la presidencia Hipólito Yrigoyen, un hombre que, a diferencia de sus antecesores, centró sus políticas más en el "pueblo" que en la "oligarquía". Una de sus medidas fue dotar de un lugar de esparcimiento estival a la gran cantidad de personas que no podía viajar a la costa.
Inaugurado el balneario municipal (1918), el intendente de Buenos Aires se encontró con un problema, los puestos callejeros de comida habían proliferado de manera alarmante (nada nuevo bajo el sol). Sin embargo, a diferencia de las políticas permisivas de hoy en día, en ese momento se concesionaron distintos lotes para la construcción de un polo gastronómico, al tiempo que se prohibía la venta de alimentos en lugares no habilitados.
Es así como en uno de los lotes, el arquitecto croata Andrés Kálnay construyó en 1927 en tiempo récord (cuatro meses y ocho días, ¡y sin paredes de durlock!) el edificio que albergaría a la Confitería Munich, en estilo art decó (lo más top de la época) fusionado con el purismo checo y las líneas de la Escuela de Viena.
Kálnay (foto, posando en una de las galerías laterales) no sólo se ocupó de la idea y los trazos generales de la construcción de este "palacio" de forma levemente piramidal y escalonada, sino que también en ese mismo lapso ideó los vitrales, las molderías y todo tipo de detalle, como el diseño de la vajilla.
La Confitería también fue conocida como "La Cervecería Munich" dado que su especialidad eran las comidas y las bebidas alemanas, aunque la cerveza que se sirviera no fuese importada, sino proveniente de la zona de Quilmes.
A diferencia de lo podría haber sido la idea original, poco tardó el lugar en convertirse en un sitio exclusivo. La Munich de Costanera Sur fue el punto de encuentro de grandes personalidades de la época (Yrigoyen, Marcelo T. de Alvear, Alfonsina Storni, Belisario Roldán, etc.), lo cual ayudó a que fuese adquiriendo prestigio. Paralelamente, el balneario municipal pasó de moda, y hacia la década del '50 la movida del verano se fue mudando al parque-balneario La Salada, mientras que el gobierno del general Perón ya se había encargado de construir el complejo de Chapadmalal, para popularizar el veraneo en la costa del Mar Argentino bonaerense.
Hacia los años '60, el carácter "exclusivista" de la Confitería se acentuó de tal manera, que una cena para dos personas podía llegar a costar tanto dinero como el 25% del sueldo de un obrero. De hecho, en aquella época en que el noviazgo "con todas las de la ley" era tan importante, era común que los muchachos (los que podían ahorrar, claro está) invitaran a una chica en la primera cita a tomar el té en La Munich, como señal de que buscaban algo "serio".
Los embates de la política argentina también se colaron en la vida de la confitería, y cuando la violencia comenzó a ser moneda corriente, la zona portuaria fue blanco de un par de atentados, lo que motivó el virtual cierre de la zona. Es decir, se podía acceder, pero previo "interrogatorio" y exhibición de documentos. De más está decir que esta medida minó el desarrollo del restorán, y poco a poco fue marchitándose frente a ese río que lo había visto nacer.
En la década del '70 cerró definitivamente, y el edificio quedó abandonado. Poco a poco, fue saqueado, y con el paso del tiempo, fue ocupado por quienes no tenían dónde dormir.
La dictadura asumida en 1976 se debatió entre derrumbar la obra de Kálnay o reciclarla con otro fin, fue así que a principios de 1980 se instala en el lugar el Museo de Telecomunicaciones a cargo de la empresa estatal ENTeL. Algunos de los vitrales con motivos alemanes fueron desarmados y puestos en su lugar otros con ilustraciones de satélites y antenas, que en la actualidad le dan un toque bizarro a algunas aberturas. En 2002, el Gobierno de la Ciudad recuperó el edificio, e instaló allí la Dirección de Museos. Si bien la construcción se encuentra ampliamente desaprovechada, al menos hoy en día se la puede recorrer, y admirar lo que queda de la obra de aquel arquitecto tan perfeccionista que no dejó nada librado al azar. Todo tiene una simbología, cada dibujo en las baldosas, cada moldura, todo tiene una explicación. Tal vez sea este detalle lo que salvó a la ex Confitería Munich de caer abatida por el paso de la historia.
Vista de la terraza con el VIP al aire libre (izquierda). Imágen del VIP circular en la que se pueden apreciar los vitrales. Las puertas corredizas permitían cerrar el lugar a miradas indiscretas de adentro, y abrir el pequeño balcón con vista al río (centro). Moldura del exterior. El búho parado sobre una jarra volcada de cerveza, a los pies del hombre (que tiene un libro en su mano como señal de que es alguien instruido), representa la sabiduría de dejar de beber a tiempo (derecha).

sábado, 4 de septiembre de 2010

Una (breve) historia de película

Las películas de cine han captado la atención y admiración de millones de personas, desde su nacimiento en 1895. Nuestro país no se mantuvo al margen, y prefirió no ser un espectador más de ese nuevo desafío que se presentaba en el mundo del entretenimiento. Hacia fines del siglo XIX, Buenos Aires miraba con avidez a su modelo más querido, Europa, y no tardó en traer a estas latitudes la sorprendente atracción de las imágenes en movimiento. Sólo unos meses después de la proyección original de los hermanos Lumière en el Viejo Continente, se realizó en el Teatro Odeón la primera función en la ciudad (18 de julio de 1896). Algunos investigadores sostienen que no fue ésta la primera proyección en Buenos Aires, sino que el 6 de julio de 1896 se realizó en Florida 344 la exhibición de imágenes en movimiento realizadas por la competencia británica de los Lumière, la Escuela de Brighton.
Más allá de la divergencia, lo importante es el éxito que tuvo la iniciativa, pues abriría la puerta a una industria que alcanzaría con el correr de los años los máximos galardones mundiales por su calidad.
Hacia 1900 se inauguró la primera sala de cine porteña, el Cinematógrafo Nacional, ubicada en Maipú 471. En ese mismo año, abrieron sus puertas dos salas más en la ciudad, lo cual demuestra la aceptación que tuvo en el público de inicios del siglo XX. Las películas, en esa época, eran proyecciones cortas de determinados acontecimientos, como por ejemplo, la llegada del presidente brasileño Campos Salles a la Argentina, o imágenes tomadas en un parque de diversiones en el barrio de Flores. También era común que las salas contaran con un piano para musicalizar en vivo las imágenes (en algunos festivales de cine suelen proyectarse películas mudas con música en vivo, una experiencia por demás interesante para los amantes del cine).
En 1911, apareció la primera sala en la calle Lavalle, inaugurando una zona que llegaría a su máximo esplendor en las décadas del '70 y '80, para luego comenzar a desaparecer y transformarse en galerías o templos evangelistas. Hacia 1913, las crónicas de la época hablan de Lavalle como "la calle de los cines" y "nuestro Broadway".
Como suele suceder en estos casos, la Primera Guerra Mundial provocó la merma del material que llegaba desde el extranjero, lo que redundó en un incremento de la industria nacional. En diciembre de 1914, se estrena en el Teatro Colón el filme Amalia, que es el primer largometraje que admiró el público argentino. En 1915, se estrena Nobleza gaucha, que se convirtió en el primer largometraje exitoso de la industria nacional.
El cine Real (Esmeralda 425) que abrió sus puertas en 1915, contó con el privilegio de ser la sala que el 27 de abril de 1933 estrenara la primera película sonora del cine argentino: Tango. En realidad es la primera sonora sin discos, pues desde la orquesta en vivo, la industria fue probando distintas maneras de agregar sonido sincronizado con las imágenes. La primera película en la historia fue El cantor de jazz (1927), cuyo sonido venía en discos de pasta, sin embargo, para cuando llegó a la Argentina, este sistema ya había caído en desuso.
Pasaron los años y la industria crecía sin parar. Llegaron los grandes estudios de filmación (Lumiton, Argentina Sonofilm, etc.) y con ellos una época de esplendor del cine nacional, con estrellas de la talla de Luis Sandrini, Tita Merello, Delia Garcés, Enrique Muiño, Sabrina Olmos, etc.). En auge de la industria se hace más pronunciado en la década del '40 debido a la Segunda Guerra Mundial. Comienza la etapa de las películas conocidas como "de las divas del teléfono blanco", pues en todas las cintas aparecía un aparato telefónico de este color. En 1946, se estrenó El ángel desnudo en el cine Ópera, en la que Olga Zubarry realizó el primer desnudo de la historia del cine nacional. De más está decir el revuelo que causó en la época, y como no puede ser de otra manera, el escándalo estuvo acompañado de un rotundo éxito.
La tecnología siguió avanzando y masificándose: llega la televisión. El cine, entonces, tiene que buscar la forma de no perder público. Hacia mediados de los años '50 se ensancha la pantalla (CinemaScope) y llegan los primeros ensayos del cine en tres dimensiones.
En la década del '60 se comienza a mirar al público infantil como nicho de mercado, y en 1965 se destina el cine Los Ángeles (Corrientes casi esquina Callao, inaugurado en 1947) a la proyección de la obra de Disney. La sala, de 1.400 butacas, fue la primera en todo el mundo en estar dedicada exclusivamente a la obra de Walt Disney. Hoy es una multisala mutilada por una cadena de fast food.
Las crisis económicas y, nuevamente, la masificación de los avances tecnológicos atentaron otra vez contra la industria. Muchísimas salas cerraron, y otras se vendieron a las grandes cadenas extranjeras, que construyeron cines más pequeños pero con mayor tecnología. Hoy en día se va creciendo la cantidad de películas 3D para hacer frente a la piratería que pone a la venta los dvd de las películas antes de que se estrenen. Y hasta tiene Buenos Aires un espacio en el cual se puede cenar mientras se ve una película.
La industria cinematográfica ha demostrado con creces su capacidad para adaptarse a los cambios que se van produciendo en el mercado. Y es esa misma tecnología que le va quitando público al mejorar las condiciones caseras para ver películas (como el home theatre, los LCD de cada vez más pulgadas y mejor imagen y el Blue Ray) la que también le aporta soluciones para que la gran fábrica de sueños nos ofrezca ilusiones cada vez más reales. No podemos hablar de un "The End", pues es obvio que esta historia continuará...

sábado, 28 de agosto de 2010

Mate y anarquismo

¿Quién no ha tomado unos mates o un café con leche acompañado de alguna factura? Estas masas forman parte de la mesa de cualquier desayuno (argentino, al menos). Sin embargo, la cotidaneidad hace que muchas veces no reparemos en el detalle de sus nombres y formas, que resultan, cuanto menos, curiosos.
No es ninguna novedad que el anarquismo está en contra de cualquier tipo de autoridad (política, policial, religiosa, etc.). Hacia finales del siglo XVIII, los panaderos conformaban un gremio liderado por anarquistas. Más allá de las grandes huelgas en pos de una jornada de trabajo en condiciones humanas y salario digno, el gremio liderado por el italiano Enrrico Malatesta no vio mejor forma de lucha que la burla y el sarcasmo volcado sobre sus "enemigos", por lo que bautizaron a las distintas masas que vendían en sus locales con denominaciones como "bolas de fraile", "suspiro de monjas", "sacramentos", "vigilantes", "cañoncitos de dulce de leche", "bombas de crema", etcétera. Y hasta los locales tomaron nombres como "El Cañón", que nada tiene que ver con el trigo, la masa o el pan, y que no resistirían ninguna explicación (fuera de la expuesta). Mucho después vinieron los atentados (no de manos de los panaderos, pero sí de los anarquistas), como el que sufriera el jefe de Policía Ramón Falcón. Pero sin dudas, la lucha anarquista pacífica e irónica de finales del siglo XVIII fue la que trascendió los años y, aunque cueste creerlo, se instala en nuestras mesas cada mañana. Nada originales... Sin embargo, la idea de los panaderos de mofarse de los enemigos no era nueva. Existen varias "leyendas" sobre por qué la medialuna tiene esa forma, y si bien varían sobre años y protagonistas, lo cierto es que todas confluyen en que fue una masa preparada especialmente para festejar la derrota del ejército turco, cuyo avance sobre Europa fue repelido en las puertas de Viena. Obviamente, la idea era comerse el símbolo que representaba a los otomanos, el que mostraban orgullosos en sus banderas y estandartes: la medialuna (del francés croissant, que en castellano significa "creciente", como la fase de la luna).