miércoles, 13 de marzo de 2013

¿Quo nomine vis vocari?... Vocabor Franciscus...

Presentación en la web del Vaticano del nuevo Papa.
Y la fumata fue blanca... Luego de un par de días de votaciones, el Colegio Cardinalicio se puso de acuerdo, y entronizó como cabeza de la Iglesia Católica al cardenal argentino Monseñor Jorge Bergoglio.
Como es costumbre, el elegido cambió su nombre secular, y optó por "Franciscus" (por protocolo, oficialmente el nombre del papa se inscribe en latín). El cambio de apelativo tiene una razón, la "despersonalización" de quien hasta ese momento era un hombre al servicio de su congregación, para transformarse en el sucesor de san Pedro, el representante de Dios en la tierra... todo un simbolismo.
Algunos indican que la medida tiene su raíz en que, según la Biblia, Dios le cambió el nombre a Shimon, cuando le encomendó la tarea de congregar fieles con las palabras "tu eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi iglesia". No obstante, las crónicas señalan que los papas solían mantener en los primeros siglos sus nombres de pila.
El primero en repetir un apelativo (por casualidad del bautismo) fue Sixto II, quien tomara las riendas de la Iglesia en el año 257. Algunos elegidos decidieron modificar sus nombres adrede, dado que los mísmos hacían referencia a dioses paganos, como fue el caso de Mercurius, un romano ungido pontífice en el año 533. Cinco papas, a su turno, lo imitaron en esta elección personal.
Fue a partir del 996 que esta práctica se torna costumbre, en ese año, Bruno de Carintia adopta el apelativo "Gregorio V".
Entre las elecciones de nombres, hay algunos que destacan por la preferencia y otros que no se han reiterado nunca. Así, por ejemplo, la Iglesia ha sido conducida sólo una vez por un Hilario (461-468); un Símmaco (498-514); un Sabiniano (604-606), entre otros con apelativos al menos muy llamativos en la actualidad.
Por otra parte, el ranking de los preferidos lo encabeza, por lejos, Juan (23 veces). Le siguen: Gregorio y Benedicto (16 veces), Clemente (14); León e Inocencio (13), y Pío (12), entre los más populares.
El primer cardenal en adoptar un nombre compuesto fue Albino Luciani quien en 1978 pidió llamarse Juan Pablo (en honor a sus antecesores inmediatos Juan XXIII y Pablo VI). Como era la primera vez que se utilizaba, no llevaba número, pues era el único pontífice en la historia en llamarse así. Todo cambió cuando muere 33 días luego de ser ungido papa, y su sucesor elige también Juan Pablo como apelativo, comenzando a ser diferenciados como I y II, respectivamente.
Esa es la razón de por qué Bergoglio es sólo Francisco, y no Francisco I, como se lo está nombrando en la prensa.
Es de suponer que la elección del nombre realizada por el cardenal argentino se deba a san Francisco de Asís. En caso de ser ésta la razón, sería un mensaje simbólico (de austeridad) sobre el rumbo que le impondrá a su pontificado. Nada mal para una institución religiosa que atraviesa una de sus peores crisis de los últimos siglos, y necesita un cambio urgente.
Sic Deus audivet Franciscus...

lunes, 11 de marzo de 2013

El Cónclave más largo de la historia


En las próximas horas se iniciará el Cónclave que elegirá al próximo sumo pontífice, cabeza de la Iglesia Católica.
Según puede leerse en la prensa, parece estar todo milimétricamente organizado, y hasta se supone que no existirá Sede Vacante más allá del próximo fin de semana. Sin embargo, no siempre fue así.
Tras la muerte de Clemente IV en 1268, los encargados de elegir a su sucesor se reunieron en el Palacio Episcopal de Viterbo. Las internas y las luchas políticas (principalmente entre Francia y algunos reinos italianos, y las propias intestinas del catolicismo) convertirían a esta elección en la más larga de la historia… duró 34 meses.
En aquella época, los encargados de votar no tenían obligación de recluirse durante el período de elección. Fue al ver que el tiempo pasaba y no se llegaba a una decisión, que los magistrados de la ciudad encerraron a los cardenales para evitar que se distrajeran con otras tareas. Y a partir de ese momento, sería una práctica habitual que le terminaría dando nombre a las reuniones de cardenales: cónclave (del latín “con llave”).
Pero esta medida tampoco surtió efecto, y pasados unos meses los magistrados fueron por más: le destrozaron el techo al recinto del palacio episcopal donde se encontraban los sacerdotes, para que las inclemencias del tiempo aportaran la premura que les faltaba, y por si fuera poco, les racionaron los alimentos. Paralelamente, los reyes de Sicilia y Francia llegaron a un acuerdo por el que se decidió que el número de electores debía reducirse aun más (ya tres habían muerto por causas naturales durante esos años), entonces los cardenales reunidos designaron a seis representantes que serían los encargados de elegir al nuevo pontífice.
Gregorio X.
Al fin, el 1 de septiembre de 1271 se designa a Teobaldo Visconti como nuevo Papa (el 184°)… lo curioso es que Visconti era arcediano de Lieja. Sí, tres años reunidos y el elegido ni siquiera era sacerdote, pues un arcediano es un ministro de la iglesia de grado segundo en dignidad, inmediato al sacerdocio. Visconti se encontraba en Oriente (en la actual ciudad de Acre) participando de una peregrinación a Tierra Santa, por lo que llegó a Viterbo recién en febrero de 1272. Tuvo que ser ordenado sacerdote, y aceptó la dignidad de cabeza de la Iglesia con el nombre de Gregorio X.
Durante su papado (1272-1276), logró una efímera unión entre la iglesia de Oriente y Occidente, mediante el II Concilio de Lyon.
Este “cónclave” fue el puntapié inicial a las regulaciones que se fueron imponiendo hasta nuestros días para elegir al sucesor de san Pedro, con el fin de evitar dilaciones como las de aquella elección en la Edad Media.